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Original de Juan Carlos Zapata

Adelanto publicado en la edición de julio de 1991 de la Revista Exceso. El libro completo está disponible aquí.

Destape. Derrape. El dinero en el averno. Los bolsillos se rompen y son zurcidos otra vez. La orgía del dinero. El muchacho que se hizo rico buscó su guardaespaldas. Su traje de 50.000 bolívares. La cabeza vacía. El estómago lleno de números. De mucho dinero. Definitivamente, 1990 fue el año de los tontos. Se llama así porque solo los tontos perdieron o, en el mejor de los casos, dejaron de ganar en una Bolsa en alza sostenida.

La Bolsa subió todo el año. La fiebre especulativa se ubicó en niveles de 40 grados. Hasta los fondos mutuales, que son instrumentos de inversión que conservan un perfil conservador si se quiere por aquello de que no hay que exponer el dinero ajeno, obtuvieron rendimientos de más del 100 %. El del Banco de Venezuela acusó ganancias de 130 %.

No faltó quien entre amigos manifestó haberse hecho rico. Quienes aprovecharon los autobuses originados por los grandes tiburones casi reventaron sus arcas. En cualquier restaurante, cuando se mencionaba el nombre de Orlando Castro, el especulador que lanzó la Oferta Pública de Adquisición contra el Banco de Venezuela y subió la acción de 200 a 2.000 bolívares, los yuppies alzaban la vista, se persignaban y decían: —Gracias Dios-Castro por habernos hecho ricos.

El casino está en el centro de Caracas

Sobran los ejemplos de jóvenes que a principios de 1990 mantenían una cartera de apenas un millón de bolívares, y al cierre del año movilizaban volúmenes de 10 millones. Allí estaban como pruebas las chequeras del Banco Internacional, que se convirtió en el apalanqueador de pequeños y medianos inversionistas con solo dejar en garantía las acciones que adquirían, con talones donde una vez hubo cheques, cuyos garabatos indicaban giros de cinco, seis y ocho millones de bolívares.

—En lo que inviertas, ganas —decían algunos corredores a quienes se acercaban a solicitar información.

Los muchachos vieron en la Bolsa de Valores de Caracas un verdadero casino. Vendieron sus autos último modelo y colocaron todo el dinero en acciones. Nadie perdía. Todos se retiraban con ganancias. En ocasiones aprendieron la lección de conformarse con mínimas ganancias. «Ya yo gané, el resto que se lo gane otro», dice una de las sentencias del mercado.

Samuel Levy, «Samy» para sus amigos, ingresó un poco tarde al negocio, a mediados de septiembre. Pero lo hizo con músculo de levantador de pesas. Él, que maneja la casa de cambio Febres Parra, invirtió 60 millones y a la vuelta de dos meses sacó cuentas y las utilidades sumaban 20 millones. No lo pensó más y adquirió su propio puesto en la Bolsa. Ahora es accionista del corro de Caracas.

Sin embargo, Samy Levy, que compró acciones del Banco Provincial a menos de 400 bolívares, está arrepentido por haber botado su posición tan pronto, a precios de poco más de 500. El papel subió a más de 2.000 y Samy Levy le ha dicho a sus amigos que está triste porque pudo ganar 200 millones.

Orlando Castro, el presidente del Grupo Latinoamericana de Seguros, ganó 3.500 millones al venderle a José Alvarez Stelling, amo y señor del Grupo Consolidado, el estratégico paquete de acciones de casi el 20 % del capital del Banco de Venezuela por 7.000 millones.

La fiesta de David Brillembourg

David Brillembourg, el jefe del Grupo Confinanzas, quien a finales de 1990 lanzó una opa contra Cervecera Nacional y entró en guerra con el consorcio industrial y financiero más poderoso de Venezuela, el Grupo Polar-Banco Provincial, ganó 500 millones cuando decidió al final ceder el 50 % que había adquirido bajo una inteligente campaña de opinión pública que en muchos casos sonó a chantaje.

En la fiesta de Navidad de Confinanzas, celebrada en el Gran Salón del Hotel Caracas Hilton, hasta el presidente del sindicato que agrupa a los empleados del consorcio se le acercó a Brillembourg y le manifestó estar orgulloso de tener un jefe como él. El White Label aquella noche ubicó a cada quien en su lugar. Los ánimos hirvieron. No hubo fiesta de fin de año de empresa alguna más emotiva que la de Confinanzas. Los empleados olieron el dinero de su patrón.

La Bolsa de Valores de Caracas vendió sus nuevos 12 puestos a un promedio de 15 millones de bolívares. Así logró adquirir su propia sede por 150 millones. En 1989, las operaciones en rueda sumaron apenas 12 millonesde dólares. En 1990, la curva rompió los bordes del gráfico: 5.000 millones de dólares.

Ganancias de corredores

Los corredores líderes de la Bolsa de Valores de Caracas, como Rafael Alcántara, Víctor Flores, Juan Carlos Escotet, Juan Domingo Cordero, Alejandro Pulgar, ganaron más de 300 millones. No se cuentan allí las operaciones de cartera propia cuyas ganancias seguramente duplicaron y en algunos casos hasta triplicaron aquellos 300 millones. Escotet, que llevó a cabo el take-over contra el Banco de Venezuela, ganó más de 600 millones. Y Flores, quien intervino, contratado por David Brillembourg, en la opa de Cervecera Nacional y en las compras de Mantex, Banco Unión, Banco Provincial y Banco Hipotecario de Crédito Urbano, ganó algo así como 500 millones.

El Fondo de Ahorros de Maraven, una de las filiales de la estatal Petróleos de Venezuela, fue contagiado por la fiebre. Elaboró su propio portafolio, que consiste en casi un 40 % de préstamos a empresas de alto ranking; 15 % en colocaciones bancarias; nueve por ciento en inmuebles y bienes raíces; cuatro por ciento en asociaciones con otras empresas y 34 % en acciones, bonos y títulos de valores.

Al Fondo se le tomó en serio cuando le compró al Banco de Venezuela, acosado por la guerra que le había declarado el Grupo Latinoamericana de Seguros, ocho millones de acciones de Vencemos, la corporación cementera del Grupo Mendoza. El papel fue adquirido en agosto por más de 1.100 millones de bolívares, a un promedio de 150 bolívares. Luego vendió seis millones del lote accionario al Chemikal Bank y al Banco Provincial en una negociación que se realizó en Nueva York, a un promedio de 200 bolívares. Las ganancias sumaron 500 millones. Y fue mejor, porque mientras el Fondo compró a crédito, en cambio vendió de contado.

La institución le reportó a los empleados de la compañía rendimientos por más del 100 %. Cada uno de ellos quería que de la nómina de pago se le descontara más dinero para que siguieran las operaciones. Pero de la casa matriz vinieron las dudas y acusaron a los administradores del Fondo de no actuar con transparencia. Carlos Castillo, presidente de Maraven, tuvo que acogerse a la jubilación, para no renunciar, porque había avalado las transacciones que luego fueron sometidas a investigación. Las estrellas del Fondo, los directivos José Petit y Bartolomé Ruggiero, tuvieron que levantar la tienda y huir al exterior.

La cultura del dinero

La cultura del dinero ha llegado cuando todo parecía perdido. Los jóvenes que han hecho gala de imaginación y destreza para obtener ganancias rápidas y hasta fáciles, son precisamente los mismos que se levantaron oyendo una palabra de boca de sus padres: «crisis».

Pero escucharon además que las crisis arrastran cambios. Ellos no hicieron más que asumirlos. Por cierto, luego de un año en que la economía venezolana tocó fondo, con una caída impresionante del Producto Interno Bruto, altas tasas de inflación y desempleo y con las reservas internacionales operativas casi en cero, amén de la desastrosa carga de la deuda externa. Por Dios.

La teoría de los grandes jugadores bursátiles enseña que en tiempos de depresión económica la Bolsa explota. Eso fue lo que sucedió en Venezuela en 1990. De otra manera no podrían entenderse las dos opas y las tantas cacerías de empresas, fuera y dentro de la Bolsa, que se sucedieron en pocos meses.

El escenario físico de la Bolsa de Valores de Caracas hizo aguas. Todo el mundo quería presenciar las operaciones. No era Wall Street, pero sí un espectáculo novedoso en el que, como en una película, un muchacho bien vestido, con estilo en el corte de pelo, de mejillas sonrosadas, podía reventar a correr porque una mañana había ganado medio millón de bolívares. Los aparatos de aire acondicionado tuvieron que ser reforzados con ventiladores de pared. El martillero sudaba más de lo acostumbrado. Los corredores no podían comunicarse face to face con sus clientes del corro. Estos se vieron obligados a seguir el consejo de sus agentes bursátiles: cómprate un celular.

Se inició así el síndrome de la telefonía celular; la Cantv, la compañía estatal de teléfonos de Venezuela, no pudo soportar la demanda. De todas maneras se otorgaron líneas y las comunicaciones se tornaron imposibles. En el corro, clientes y corredores optaron por aprender de los japoneses y de algún modo se impusieron las señas de mano, brazo y guiños de ojo. Comunicación alternativa, pudo haber dicho un profesor de sociología de la comunicación de cualquier escuela de comunicación social. El celular era solo estatus, agregaría el profesor universitario, que seguramente seguiría con sus ideas pre-Gorbachov.

100 millones en un año

El dinero fluyó. César Alcántara, un economista recién graduado, comenzó en 1987 con 40.000 bolívares. Las ganancias en 1988 y 1989 fueron modestas. En cambio, en 1990 se atrevió a manejar carteras de otros. Se endeudó con bancos y movilizó recursos por más de 100 millones. Sus ganancias sumaron 20 millones de bolívares.

Ahora el 70 % de su dinero lo ha colocado en el mercado inmobiliario que, en su opinión, será la golosina de este año, como lo fue la Bolsa en 1990. O es el caso de Andrés Ponte, un ingeniero civil que cayó en desgracia cuando la industria de la construcción se derrumbó. Salvó un millón y comenzó a operar activamente en la Bolsa. Es de los pocos casos de inversionistas que llevan registros y análisis técnicos y fundamentales de las empresas. Lo cierto es que Ponte posee un portafolio de inversiones que no baja de 100 millones de bolívares.

Jesús Tadeo Prato, en cambio, era aprendiz en la Comisión Nacional de Valores, mientras se graduaba de abogado. Su tío, Enrique Urdaneta Fontiveros, lo regañó porque invertía en la Bolsa. Un poco porque Urdaneta Fontiveros era el presidente de la Comisión y había que cuidar la imagen. Jesús Tadeo Prato se fue al Banco Mercantil. Ya se había graduado, y desde la llamada Torre de David vio el mercado más de cerca, desde un centro financiero. Sus operaciones se iniciaron con 20.000 bolívares y en 1990 ganó 10 millones. Se independizó y en la actualidad es abogado de varios corredores.

Son los clásicos ejemplos de pequeños inversionistas que invirtieron, persistieron y ganaron. Para ellos, era volverse ricos. Nunca soñaron con tamaña fortuna. Afirman que apenas la vida ha comenzado.

Otros pequeños inversionistas entraron y salieron. Llegaron sin información alguna y así se fueron, asustados por algunos corredores mal intencionados que hicieron rodar bolas negativas, afirmando que iban a joder a los yuppies. En la huida, algunas acciones cayeron, aunque no mucho, y precisamente la mayoría de los perdedores fueron pequeños inversionistas asustados y desinformados.

En cambio, los otros que especularon con fuerza, porque eran altos ejecutivos de empresas y bancos, resistieron las pocas embestidas que hubo, y más bien se beneficiaron porque compraron abajo, en la carrera de los miedosos, y vendieron arriba.

Orgías en un hotel 5 estrellas

Después se les veía desesperados por gastar el dinero que con facilidad habían ganado. Algunos compraron inmuebles. Otros en cambio se fueron a los casinos del Caribe a jugar hasta 3.000 dólares en un fin de semana. Samuel Levy estuvo en Puerto Rico, César Alcántara en Bahamas y Carlos Acosta, pupilo del Grupo Confinanzas, en Aruba. A un número reducido le alcanzó para comprar su propio avión Jet Commander de dos turbinas o su lancha de 300.000 dólares. Salían del aeropuerto de La Carlota cada sábado en la mañana vía Los Roques, con las bodegas atestadas de whisky, vodka y ginebra importada.

Hubo algunos que alquilaron consecutivamente —los fines de semana, claro está— la suite presidencial de un hotel de 5 estrellas en Caracas, donde organizaron tremendas orgías. Llamaban a un número telefónico de la urbanización Los Palos Grandes y solicitaban chicas de entre 18 y 20 años. Por lo general eran seis para seis. Entre ellos un corredor que disponía de las posiciones y las alegorías. La factura de cada fin de semana no bajaba del medio millón de bolívares. Había baños en champaña y whisky y otros aditivos.

El feliz despertar de Víctor Gill

El lunes 27 de mayo, Víctor Gill se despertó feliz. Con una sonrisa de oreja a oreja. Con el pie derecho. Con un bostezo que casi se come la almohada de plumas. Y con un estirón que por poco golpea a su esposa. El presidente de Bancentro había firmado un canje de acciones con el Banco Latino. Le cedió al instituto de Pedro Tinoco el 11 % del capital que poseía en el Banco de Maracaibo, a cambio de unos millones de bolívares y del 85 % de las acciones del Banco Hipotecario Oriental.

La operación completó la integración del grupo financiero Bancentro, que comenzó operaciones hace más de dos años con una compañía de seguros y una arrendadora. Esta última la negoció con el Grupo Cordillera. Sin embargo, conservó el nombre. Después vino la adquisición del Banco Financiero, de Beto Finol, que ahora se llama Bancentro. Lo último ha sido la constitución de la Casa de Bolsa, donde las utilidades rondaron, en 1990, los 100 millones de bolívares.

No es la primera vez que Víctor Gill ha cerrado un negocio con el Latino, pues antes le vendió su participación, 20 %, en el Banco Capital, por un monto que supera los 150 millones de bolívares. Gill, por cierto, le vendió además a su tocayo Víctor Vargas el 30 % del Banco Barinas, el cual más tarde fue adquirido por el propio Latino. Es decir, todo un cruce de intereses.

Este banquero que prefiere sumar y multiplicar —a los enemigos no se les divide, se les evita— y en el peor de los casos terminar las cuentas en cero, comenzó su actividad bancaria en la Sociedad Financiera Atlántica, el mismo núcleo de donde partieron los exitosos ensayos de Confinanzas y Bancor. No ha dudado jamás que la compra del Banco Financiero haya sido un buen negocio. Y reconoce que el instituto era fuerte porque pudo pasar las tormentas de la crisis. No desapareció. Él y sus socios le inyectaron recursos frescos y aumentaron de inmediato el capital a 300 millones de bolívares. Más tarde, le cambiaron el nombre por Bancentro, aunque por mucho tiempo en la papelería y en los rótulos de las agencias siguió existiendo como Banco Financiero.

Las negociaciones con el Banco Hipotecario Oriental se han llevado directamente con Gustavo Gómez López, el «number one» del Banco Latino. Han sido negociaciones fluidas y amistosas, porque la costumbre de Gill es cerrar operaciones donde ninguna de las dos puntas se sienta engañada. Además, opina que «cuando se negocia con un hombre inteligente se adoptan decisiones sensatas.»

Con esta operación, Bancentro penetra la región oriental, donde ha brillado por su ausencia. El Banco Hipotecario Oriental cuenta con tres puntos de operaciones en el área. La unión le confiere un manejo total de depósitos por 14.000 millones de bolívares. Ya se sienten un poco más que medianos. Y anota en este sentido que para competir con los grandes cuentan con la ventaja de la agilidad y la rapidez para la toma de decisiones. Ha aprendido de su exsocio David Brillembourg que el tigre come por lo ligero. De todas maneras, afirma que «mi medición no es el ranking bancario sino el cumplimiento de las estrategias y las ventas.» Su target es la banca personalizada, el servicio a compañías personales, cuyos dueños las administran y las operan.

Víctor Gill ha llegado a Bancentro para quedarse. En esta ocasión no ocurrirá lo mismo con sus alianzas en los demás bancos de donde salió por su «vocación al dinero.» Ahora ha dicho que se siente banquero a tiempo completo, al lado de socios como Carlos Gill, su hermano, Omar Pernía y Omar Camero.

Han negociado la actual sede de El Rosal, ubicada en la milla de oro, con el Grupo Latinoamericana de Seguros, y están por concluir, enfrente, una torre de ladrillos con vidrios verdes, que ha resultado una inversión propia de los socios, por 500 millones de bolívares. Con fortuna, y sin que lo hubiesen planificado así, están ubicados en el corazón de lo que será el centro financiero de Venezuela. La mudanza de la Bolsa de Valores de Caracas para El Rosal ha convertido la zona en una pequeña City.

El mundo de Casablanca

Carlos Dorado es también un triunfador, aunque de una estirpe diferente. Y bueno, saltar del barrio El Cementerio a las alturas del dinero no es una cuesta fácil de remontar, porque Carlos Dorado lo primero que hizo al graduarse de economista en la Universidad Católica Andrés Bello fue patear la calle en busca de clientes. En esa búsqueda llegó hasta el Grupo Italcambio y allí conoció a la hija del dueño, Gabriela Pizzorni. El mundo dio vueltas y terminó casándose con ella.

De ese modo está enclavado allí y forma parte de la clase de jóvenes con éxito que exhiben el dinero en sus rostros. Él lo hace más en una chaqueta o en un traje, porque precisamente en eso consiste su último negocio. Lo más importante es que ya es uno del Grupo, aunque logra distinguirse porque la gran parte de los yuppies no llegan siquiera a conocer a Bertrand Russell; Carlos Dorado es, en rigor, un apasionado de la filosofía. Es por eso que dice que integra la clase distinta del dinero.

Además es propietario, este muchacho con cara de actor de wéstern italiano, de la tienda de moda. Un negocio que montó con 40 millones de bolívares que salieron, dijo él, de su propio bolsillo. Una tienda que exhibe el inventario más exquisito del diseñador Adolfo Domínguez, y donde los jugadores del dinero se acercan a cancelar facturas por 400.000 bolívares. Lo cierto es que los precios en Casablanca oscilan entre 18.000 y 48.000. A pocos meses de inaugurada, la lista de clientes sumaba 300 y los ingresos dos millones de bolívares mensuales. Con clientes así, por supuesto. Dorado nació en Forxa, un pueblecito de 100 personas ubicado al norte de España. A los 10 años llegó a Venezuela. Su padre era mensajero y su madre cocinera de colegio. Admira más al abastero, al carnicero o al dueño de una panadería que a sus amigos especuladores bursátiles. Su perfil lo inclina hacia la creación de negocios que perduren. Es de los que trabaja 15 horas diarias. Sin embargo, uno de sus mayores logros es haber aprendido a desplazarse en la sociedad como un pez en el agua. Un pez dorado.

La cultura del dinero impone exhibir lo que se posee. John Taylor, en el libro El circo de la ambición, escribe: «Cuando la riqueza de un individuo alcanza cierto nivel se le hace imposible consumir por sí solo, de manera visible, lo suficiente como para demostrar el alcance de dicha riqueza. Por
ello se ve obligado a recurrir al consumo por delegación o consumo vicario. Habrá otros que consuman en su nombre.»

En este mundo de ilusiones, de apariencias, de querer demostrar no lo que se es, sino lo que se tiene, se necesita un Porsche, un Ferrari, una joya Bulgari, un Lear Jet, una temporada de esquí en Gstaad y —cómo no— un buen «trapo», como tiene la osadía de denominar la ropa Carlos Dorado. Dorado dice que se encarga de vestir el dinero. Que ha interpretado la rebeldía y el elitismo de quienes participan en la orgía del dinero. El atrevimiento, la osadía, el riesgo, el juego fuerte. «En definitiva, —dice Dorado—, el cuerpo de los triunfadores no puede verse disminuido con un Clement, un Vogue, un Ottaviani; hay que darles algo más vanguardista, más elitesco, y que el llevarlo exija no solo dinero, sino gusto por lo exclusivo… y hasta un buen físico.»

Casablanca, al igual que en la película original, tiene sus protagonistas, además del mismo Dorado. Adolfo Domínguez es uno de los cinco mejores diseñadores del mundo y el socio de Carlos Dorado en esta empresa. Todo lo inició con un slogan: «La arruga es bella.» Hoy está catalogado por la prensa mundial como «el diseñador de la Inmensa Minoría.»

Adolfo es elitesco: filósofo, vegetariano, escritor; ya es dueño —a sus 40 años— de un nombre mítico en la moda. Su ropa es llevada por aquellos, dice Dorado, «que después de haberlo logrado todo, quieren la sencillez, y logran ser distintos con ella. París es su casa, Japón su escenario, y Caracas su debilidad.»

Gabriella Pizzorni, esposa de Carlos Dorado, es hija de Mario Pizzorni, fundador del Banco Italo. Ella heredó de sus orígenes milaneses el buen gusto por el diseño; de su madre, la clase; de su padre, el trabajo; de su tío Pizzo, escultor, las formas, y de Italcambio, la fábrica, para satisfacer el gusto de quienes quieren decir al mundo que la distinción se origina en el dinero y se propaga a todo.

Casablanca es un contraste en el país de los contrastes: lujo y hambre, riqueza y miseria… el dinero y el diablo ¿Quién será quién? Carlos Dorado deja abiertas las preguntas: ¿simplista? ¿filósofo? ¿nuevo rico con mentalidad de pobre? ¿esnobista? Mientras lo descubren, él —entre otras cosas, dice— viste el dinero.

Según Dorado, «todos los que he conocido que son presumidos, son tontos, y todos los tontos son presumidos; y muy pocos se dan cuenta de que “polvo eres y en polvo te convertirás”.»

La conquista de Brooke Shields

A Moris Beracha se le teme cuando va a la Bolsa. Es un escuálido muchacho menor de 30 años y, no obstante, su presencia en el corro capitalino pone a correr, más de lo normal, a los corredores. Suena su celular y preguntan: ¿Qué has venido a hacer? ¿Qué estás comprando? ¿Mucho o poco? Moris, dame una orden. Pero Moris no afloja prendas. Y Moris opera exclusivamente con Víctor Flores. Él fue quien, con el título todavía caliente de economista, se dedicó a concentrar las operaciones financieras de los negocios de su familia: el Grupo Beracha. Es una corporación, sin que exista como tal, cuyas actividades se concentran en la industria del empaque. Están asociados con el Grupo Polar, que es bastante decir, en las firmas que elaboran los empaques de la Harina Pan, Savoy y Aspirina Bayer, entre otras marcas. Son 12 compañías en total.

Moris se percató de que las empresas manejaban mucho dinero. Miles de millones de bolívares anuales, tantos como los de un banco pequeño o mediano, a los cuales se les sacaba poco provecho. Así se decidió a abrir sus propias mesas de dinero y de cambio y un banco off-shore. Hace cinco años incursionó en los mercados internacionales con la apertura de un pequeño banco de inversión en Nueva York. Se asoció con el broker que le manejaba negocios particulares y de clientes venezolanos. En 1987, cuando el crash, la firma quebró, pero Moris contaba con la liquidez necesaria para comprarla y así se garantizó un puesto en Wall Street, entre 700 firmas. Además, conoció los secretos del negocio y aprovechó el boom de los ochenta, cuando nadie perdía, para manejar portafolios con éxito.

Paulatinamente, la firma, a la que le cambió el nombre por Westfalia Investments, INC., se ha especializado en la preparación de estructuras de inversión para la adquisición de compañías. Es lo que también se denomina arbitraje de riesgo. Un caso que destaca es la participación en la oferta pública cuando el grupo Bat anunció la compra de Farmes Group por 6.200 millones de dólares. El arbitraje de riesgo consiste en «la compra de un valor en el mercado al precio actual con la esperanza de que adquiera mayor valor en caso de que ocurra una fusión, una oferta de compra o una liquidación previamente anunciada», explicó Moris. Es un esquema favorito de las principales firmas de valores en Wall Street. En esto del arbitraje, Moris trabaja conjuntamente con la famosa empresa Oppenheimmer & Co. Moris se fue más allá de Wall Street y engorda terrenos en Texas. Son propiedades que quebraron, fueron rematadas y adquiridas por Beracha. En Florida es propietario de centros médicos de alquiler.

Los hermanos Beracha llegaron a Venezuela hace 30 años. Comenzaron con una pequeña fábrica de cartón. El secreto de la expansión fue la reinversión de las utilidades y la realización de negocios siempre en el mismo ramo de la industria del cartón y del papel. Después vinieron los empaques y por último las operaciones financieras internacionales. En Wall Street han logrado últimamente el lanzamiento de ofertas públicas de empresas de transporte, discos y construcción. Es el único grupo venezolano que opera como trader en Nueva York. Si alguien en Venezuela sabe cómo y en qué invertir en los mercados sofisticados, ese es Moris Beracha.

Aquí en Venezuela creció cuando se dio cuenta de que las multinacionales no podían pedir prestado más del 10 % de su capital pagado. Es una medida que existe con fines de proteger el crédito a la empresa nacional. Pero una Ford, Sony o cualquier otra multinacional, requerían de volúmenes importantes. De modo que la banca cerraba sus puertas porque las reglas de juego se lo impedían. Moris identificó a esos clientes, que además estaban dispuestos a pagar más por el dinero y bajo la garantía de cartas de crédito emitidas por las casas matrices. Los 10 millones de bolívares iniciales con que comenzó Moris, se multiplicaron inmediatamente. Y levantó una cartera interesante de clientes que en los tiempos de expectativas devaluacionistas querían sacar dólares del país y no confiaban en los bancos por aquello del secreto y lo confidencial. Moris garantizaba la discrecionalidad. Nada de listas.

Ahora ha conquistado a Brooke Shields. Moris, un flaquito de vista extraviada, se pasea por las calles de Beverly Hills con la estrella de La Laguna Azul. Su empresa acaba de conseguir la franquicia mundial para productos de belleza Brooke Shields. Un negocio que promete ser millonario en dólares. Solo el nombre de la artista vende. Los artículos están siendo colocados en las grandes tiendas de prestigio en Estados Unidos y Europa. Las paredes de la oficina de Moris en el Centro Financiero Latino están decoradas con afiches gigantes de Brooke Shields, y en algunas fotografías se le ve a él sonriente al lado de la que una vez acompañó a fiestas a Michael Jackson. Una dedicatoria y un beso para Moris. Hay quienes se mueren de envidia.

En Hong Kong hizo los contactos para asociarse con la firma Electrical and Electric con la intención de introducir los productos Brooke Shields en Japón y Europa. En la actualidad discute con las grandes tiendas de Estados Unidos para llenar los estantes con los artículos de la belleza de Hollywood. Y en Venezuela ya se adelantaron las conversaciones con Maxy’s y Beco. Según Moris, la belleza de Brooke Shields lo deslumbra y olvida los negocios por espacio de varios minutos cuando está frente a ella. En cambio, la actriz es muy práctica. Es hermosa pero toda una fiera en asuntos de dinero.

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