Verónica Sarauz y la imposibilidad de mentir por escrito

Entre 1978 y 1995, un matemático devenido terrorista (Theodore “Ted” Kaczynski, doctor en matemáticas por la Universidad de Michigan y archivado por la historia bajo el alias de “UNABOMBER”) despachó por correo una serie de paquetes que no contenían correspondencia, sino artefactos explosivos: tres muertos, veintitrés heridos y diecisiete años de impunidad en la que sería la investigación más larga y costosa del FBI. Su caída no llegó por una huella dactilar, ni por una fibra de ropa olvidada, ni por un testigo: llegó por un giro sintáctico; esto es, por sus preferencias de estilo a la hora de escribir.

En 1995, el UNABOMBER ofreció suspender la campaña de bombas a cambio de que un diario publicara su manifiesto antitecnología de 35.000 palabras, titulado “La sociedad industrial y su futuro”; una oferta que condimentó, para mayor sabor persuasivo, con la amenaza de hacer estallar un avión comercial. The Washington Post lo publicó íntegro en septiembre de 1995, siguiendo el consejo del propio FBI: el equipo investigador apostó a que alguien reconociera al autor por su manera de escribir. Y alguien lo hizo. Su hermano, David Kaczynski, reconoció en esas páginas no solo las ideas de Ted, sino el modo exacto en que Ted articulaba esas ideas. Tras el debido retorcimiento de conciencia por lo que implica delatar a un hermano, David entregó viejas cartas que había recibido de Ted. El resto fue cotejo: el agente James Fitzgerald (que con este caso se convirtió en el primer lingüista forense del FBI) y el sociolingüista Roger Shuy hallaron el mismo idiolecto, las mismas manías y hasta la misma terquedad gramatical de quien insistía en escribir “You can’t eat your cake and have it, too” (no puedes comerte el pastel y seguir teniéndolo), un dicho archiconocido en Estados Unidos que casi todo el mundo formula al revés: “You can’t have your cake and eat it, too”.

Esa huella estilística, cotejada entre el manifiesto y las cartas, bastó para justificar una orden de allanamiento y, en abril de 1996, para extraer a Ted de su cabaña en Montana, donde lo esperaba un arsenal de evidencia irrefutable de que él era, en efecto, el UNABOMBER. Así, sin demasiada ceremonia, nació la lingüística forense: la disciplina que parte del incómodo postulado de que cada quien escribe de una forma tan personal, única e involuntaria como una huella dactilar. El UNABOMBER cayó por su propia sintaxis.

Tres décadas después, esa misma disciplina reaparece con acento ecuatoriano. En el caso Magnicidio FV, que investiga la autoría intelectual del asesinato del candidato presidencial Fernando Villavicencio, la lingüística se perfila como pieza clave para una tarea más fina que de costumbre: corroborar quién escribió qué dentro de un entramado criminal. Uno de los epicentros son los chats periciados del teléfono de María Paula Christiansen (pareja de José Serrano, procesado como presunto autor intelectual), un dispositivo que, en un giro sabrosamente irónico, ella misma entregó a la Fiscalía, creyendo quizá que había borrado las conversaciones de forma permanente.

En esos mensajes, Christiansen aparece conversando con Verónica Sarauz, exesposa de Villavicencio y acusadora particular en la causa. El contenido detonó una bomba, esta vez estrictamente mediática: según las alegaciones de las propias hijas de Villavicencio, Amanda y Tamia, Sarauz no solo habría suscrito una carta de apoyo migratorio a favor de Serrano en Estados Unidos (aportando cédula y acta de matrimonio con Villavicencio para “darle más peso a la carta”, y exigiendo, eso sí, absoluta confidencialidad), sino que ella y su actual cónyuge (Andrés Proaño, expolicía ascendido cuando Serrano se desempeñaba como ministro del Interior y luego empleado de Christiansen en su cadena de spas en Miami) habrían facilitado información sensible de las jóvenes, entre ellas su dirección domiciliaria. Y ese dato, sostienen Amanda y Tamia, no se quedó en el papel: habría sido reutilizado para hostigarlas por el entorno de los procesados, incluido el prófugo Xavier Jordán, señalado como principal instigador del magnicidio. Pocos días después de que la información circulara, las hermanas denunciaron un atentado contra su domicilio, hecho que consta debidamente registrado en la Fiscalía. Sobre esa base, Amanda y Tamia pidieron al juez excluir a Sarauz como acusadora particular por presunto fraude procesal, entre otras conductas.

La defensa de Sarauz replicó —con una objeción que es, ella sola, el corazón forense del asunto— que antes habrá que verificar que esos chats son, en efecto, suyos. La cautela sería impecable si la conversación hubiera llegado en condiciones de anonimato; pero no fue el caso: el contacto figura guardado con nombre y apellido (“Verónica Sarauz”) y los mensajes salen del mismo número que, según la familia del excandidato, le pertenece a Sarauz desde hace años. Concedámosle, aun así, el beneficio de la duda metodológica. Y ahí, exactamente ahí, donde alguien jura que las palabras que se le atribuyen no son suyas, la lingüística forense recobra su segundo aire: la misma disciplina que en 1995 desenmascaró a un terrorista quien no quería ser descubierto puede ser invocada hoy para dirimir si una autora es, o no, dueña de su propio texto.

El material no escasea. En los más de 400 intercambios entre Christiansen y el contacto “Verónica Sarauz” que constan en el informe final de la Unidad Nacional de Investigación de la Fiscalía (UNIF), fechados entre septiembre de 2024 y noviembre de 2025, asoma una señal tan involuntaria como inequívoca: un error de tipeo. Quien escribe desde ese número teclea, una y otra vez, “qoe” donde debía ir “que”. No es un descuido aislado —como el resbalón de un pulgar apurado—, sino un hábito incorregible: el mismo desliz, en el mismo lugar, no una vez ni dos ni tres, sino cuarenta y cinco (45) veces. Esa constancia es justamente lo que convierte un error en evidencia. El “qoe” deja de ser una errata para volverse lo que un lingüista llamaría un marcador ideoléctico: el equivalente escrito de un tic, una huella que el autor de un texto estampa sin proponérselo.

Y como toda huella, se puede medir. Sobre el total de veces en que ese contacto intentó escribir “que”, el error aparece en el 27,4% de casos: en 45 de 164 ocasiones, la palabra salió convertida en “qoe”. Se trata de la firma estadística de unos dedos sobre la pantalla de un celular.

El procedimiento es, palabra por palabra, el que atrapó al UNABOMBER. Si a Ted Kaczynski lo hundió el cotejamiento entre su manifiesto y las cartas a su hermano, esta huella del contacto “Verónica Sarauz” admite el mismo examen; mas solo falta el segundo elemento textual para la comparación. ¿Contra qué se puede cotejar? Contra ella misma, en público. Basta abrir el perfil de Verónica Sarauz en la red social X (antes Twitter) para que el mismísimo “qoe” reaparezca una y otra vez entre julio de 2024 y diciembre de 2025 (en generosa coincidencia temporal con los chats del informe de la UNIF), como se muestra a continuación.

La segunda señal es de orden léxico, y resulta más reveladora aún por su rareza: un adjetivo peyorativo poco habitual en el habla ecuatoriana, dirigido hacia el mismo blanco: las hijas de Villavicencio. El término inusual es “urracas”. Conviene recordar lo que, con neutralidad zoológica, dice de ese animal el Diccionario de la Real Academia Española: “Ave similar al cuervo, pero más pequeña, de plumaje negro y blanco, y con una cola más larga, que remeda palabras y suele llevarse al nido objetos pequeños, sobre todo si son brillantes”. Esta definición aquí transcrita describe, sin querer, la acusación entera: alguien a quien se le imputa repetir lo que escucha y apropiarse de objetos relucientes. En el mensaje del 25 de agosto de 2025, dentro del intercambio entre Christiansen y el contacto “Verónica Sarauz”, esta última se refiere a Amanda y Tamia como “par de urracas”, como se muestra a continuación.

El cotejamiento, otra vez, lo aporta en público la propia interesada. En un tuit del 29 de enero de 2026, Verónica Sarauz alude de manera apenas velada a las hijas de Villavicencio como “urracas pendencieras”. El mismo zoónimo, el mismo blanco, el mismo desdén, como se muestra a continuación.

Y no es la única elección léxica que se repite a ambos lados de la línea. Junto a “urracas” asoma un segundo término, esta vez referido no a las hijas sino al proceso mismo: “circo”. En la conversación con Christiansen fechada el 8 de septiembre de 2025, el contacto “Verónica Sarauz” despacha la teoría del caso de la Fiscalía calificándola, sin más, de “circo”, como se muestra a continuación.

El cotejo público es, si cabe, todavía más nítido que con el zoónimo: en su perfil de X, Verónica Sarauz vuelve una y otra vez sobre la misma palabra para referirse a la causa. Particularmente elocuente resulta un tuit del 21 de noviembre de 2025 (dos meses después del chat citado) en el que reincide en llamar “circo” al proceso, como se muestra a continuación.

Tres huellas, entonces, de dos naturalezas distintas y por eso convergentes. Una es mecánica e incluso inconsciente (el “qoe” que se escapa de los dedos); las otras dos son deliberadas e íntimamente autorales (el insulto rebuscado que se escoge, como “urracas”, y la descalificación predilecta que se repite, como “circo”). La primera delata a la mano; las segundas, a las preferencias estilísticas para denigrar al prójimo y al proceso. Y que las tres aparezcan a uno y otro lado de la misma frontera (el chat privado y el tuit público) es, en términos de la lingüística forense, lo más cerca que un texto puede llegar a señalar a un mismo autor.

El paralelo, llegados aquí, casi se escribe solo. A Ted Kaczynski lo traicionó el empeño en ser leído: quería su manifiesto en primera plana y obtuvo, de propina, una orden de allanamiento. El contacto guardado como “Verónica Sarauz” no buscaba audiencia alguna (al contrario, pedía “absoluta confidencialidad”) y, aun así, dejó en lo que creía un canal de comunicación reservado el mismo rastro que luego se esparciría a la vista de todos: el “qoe” que se le escapa de los dedos, la “urraca” que elige con saña y el “circo” con que despacha la causa. La diferencia de intenciones entre ambos no altera el resultado, porque la lingüística forense no se ocupa de lo que el autor quiso esconder, sino de lo que no pudo dejar de hacer: uno escribe, irremediablemente, como respira.

Y esa es quizá la ironía de fondo de esa disciplina nacida en una cabaña de Montana: parte del supuesto de que escribir distinto de como uno escribe es casi imposible. Se pueden negar los chats, impugnar el peritaje, exigir que se verifique la autoría. Lo que no se puede hacer es chatear o tuitear durante año y medio como si se fuera otra persona. La defensa de Sarauz reclama una prueba de que esas palabras son suyas; el problema, dicho ya sin ironía, es que esa prueba existe, está fechada, y la firma la puso (involuntariamente) la propia mano que hoy la pretende desconocer de manera tan desesperada como patética.

Queda, eso sí, una salvedad que ningún examen forense puede saltarse: la lingüística aporta indicios, no veredictos. Puede señalar dónde respira un texto y reconocer la cadencia de quien lo escribió, pero quién es, al final, autor de qué (y con qué consecuencias penales) no lo decide un porcentaje ni un zoónimo, sino el juez Giovanny Freire cuando se reinstale la audiencia preparatoria del caso MagnicidioFV. La disciplina que en 1995 entró por la puerta de un periódico estadounidense se sienta hoy, con la misma humildad y la misma testarudez, a esperar su turno en el sistema de justicia ecuatoriano.