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En una cuña de televisión, una señora de origen humilde afirma que gracias a la revolución bolivariana ahora sabe que PDVSA le pertenece.

Explotar ese sentimiento entre una población inmensamente empobrecida ha sido el mayor logro del espejismo mediático creado por un gobierno que gasta dinero a manos llenas en campañas publicitarias. Es un espejismo porque esa señora que cree que PDVSA es de ella, no ha recibido ni un centavo de dólar de los cuantiosos ingresos que por concepto de venta de petróleo ha dilapidado el actual Gobierno. Tampoco ha recibido un cheque con los dividendos que le corresponden como accionista de esa empresa llamada PDVSA, que vende según el oficialismo más de tres millones de barriles diarios de petróleo.

La señora tampoco ha recibido ni un bolívar por las regalías que el Gobierno cobra por cada barril de petróleo que se extrae del subsuelo ni se le ha depositado en un fideicomiso la parte que le corresponde de las ganancias que declara Citgo, empresa que está en los Estados Unidos y de la cual también es accionista la protagonista de la cuña.

Una vez hubo un sentimiento similar cuando de los venezolanos creyeron que el petróleo nacionalizado al fin les pertenecía. Aunque las puertas de PDVSA, por decisión de los legisladores que la crearon, se cerraron al proselitismo y al clientelismo político no se puede negar que la redistribución de la riqueza era más justa y muchísimo más transparente que en este régimen. La anterior PDVSA, incapacitada para hacer demagogia, no logró despertar ese sentimiento de propiedad entre los más pobres, mientras los políticos ansiosos de poder, entre ellos Hugo Chávez, utilizaron esa distancia obligada entre PDVSA y el pueblo para dirigir sus ataques contra las fortalezas irreductibles de la empresa.

Paradójicamente, es en estos últimos cinco años cuando los venezolanos, especialmente los más pobres, han recibido menos por la venta de petróleo, pero la manipulación de ese sentimiento de propiedad sigue siendo la herramienta para que una cúpula en el Gobierno se apropie de la riqueza petrolera, mientas el resto de la población se arruina y el resto de los políticos espera pacientemente que Chávez termine de desmantelar ‘el Estado dentro del Estado’ que tanto odiaron.

Con la ambición de que algún día Hugo Chávez desaloje el palacio de Miraflores y para que al fin algunos frustrados aspirantes puedan alcanzar al menos la presidencia de PDVSA, muchos grupos de oposición han realizado interesantes ejercicios de reconstrucción de la corporación petrolera. Alberto Quirós Corradi en la edición de El Nacional el pasado Domingo hizo un excelente resumen de las propuestas, las cuales tienen como denominador común un punto demasiado débil, que es no tomar en cuenta ese sentimiento de propiedad sobre PDVSA que la demagogia oficialista ha distorsionado entre los más pobres, que en definitiva son los que supuestamente defienden la revolución y detrás de quienes escudan todas sus tropelías los actuales administradores de la renta petrolera.

Cualquier propuesta desde la oposición, sin conocer la verdadera magnitud de la destrucción de PDVSA y solamente basada en la revancha no irá muy lejos. Primero habrá que construir la promesa básica de la justicia, es decir, señalar claramente las responsabilidades de esa destrucción, por encima de los amiguismos, las alianzas políticas y del pago de favores, porque los venezolanos tienen derecho a comprender y a protestar ante esta realidad:

  • PDVSA, aquella que una vez fue la primera corporación petrolera del mundo, ya no existe.
  • PDVSA en manos de este Gobierno ha perdido 60 por ciento de su valor.
  • Se ha perdido más de dos millones de barriles en capacidad de producción.
  • La producción real de PDVSA, sin la muleta de los convenios operativos y de las asociaciones en la faja del Orinoco, apenas alcanza a un millón 500 mil barriles diarios, la más baja de la historia.
  • Las refinerías operan muy por debajo de su capacidad instalada y el margen de ganancia se han reducido a un mínimo histórico.
  • Despedir a 18.000 trabajadores fue descapitalizar el recurso humano de la corporación.
  • La reconstrucción de PDVSA tiene un costo superior a los 10 mil millones de dólares por año y no será posible sin la participación masiva del capital privado internacional porque el ahorro nacional fue despilfarrado.
  • Se tronchó en forma insensata el crecimiento de la industria petrolera venezolana, mientras el resto de los países OPEP aprovecha la creciente demanda y los altos precios con una sobreproducción que roza los dos millones de barriles diarios, por encima de los falsos acuerdos oficiales.
  • A casi treinta años de la nacionalización petrolera cuatro extranjeros, desde el corazón de la casa matriz, manejan las operaciones de comercio internacional y toman decisiones sobre la venta del crudo venezolano: un hindú y tres norteamericanos.
  • Gracias a la destrucción de PDVSA, Venezuela colapsará de nuevo apenas llegue la inevitable baja en el precio petróleo, porque no puede compensar la caída del ingreso con mayor producción.Una lectora recientemente observó que el slogan oficialista del año 2003 fue ‘La nueva PDVSA es del pueblo’ y que en el 2004 los creativos de la revolución tratan de meterle a la gente en la cabeza que ‘Chávez es el pueblo’, con lo cual los venezolanos ya habrán entendido a quien realmente pertenece la industria petrolera. Cuando muera este gobierno, esa señora de la cuña habrá heredado las deudas de una empresa quebrada, así que prometer reconstrucción, sin hablarle claro a la gente del reto que se viene encima, será tan falso como creer que hay una nueva PDVSA.
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Gustavo CisnerosLuis Giusti