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-Nosotros
no humillamos a ningún hombre. Preferimos matarlo –dice Wilmer José Brizuela
Vera.

-¿Y
qué otras cosas les hacen a los que desobedecen las reglas que tú has impuesto,
Wilmito? 

Antes
de dar la respuesta, se estira en la silla de plástico. Respira hondo, alza los
brazos y la panza se le infla y al tiempo que expulsa el aire baja lentamente
sus gruesas manos hasta posarlas en la mesa cuadrada. Es miércoles 30 de abril
de 2014 y estamos en las áreas comunes de la Mínima de Tocuyito, el penal
localizado en las afueras de la ciudad de Valencia, la tercera más importante de
Venezuela, capital del estado de Carabobo, a donde Wilmer José Brizuela
Vera, el goldo, como también le llama su gente de confianza, ha sido
trasladado después de un motín en el otro penal en el que estaba, Vista Hermosa,
en Ciudad Bolívar, al sur de Venezuela, que culminó con dos guardias nacionales
asesinados por los presos que él había liderado durante ocho años. Cuando
finalmente coloca sus dedos sobre la superficie de la mesa,
dice:

-No
les damos tiros en la espalda, sino donde les pegue. Yo no estoy todo el día
dando órdenes. Las personas se mueren en la cárcel por la rutina impuesta. Así
uno no quiera, lamentablemente hay que cumplir las reglas.

Y
estas son las reglas.

Wilmito portando una ametralladora estando en la cárcel. Fotografìa tomada de su cuenta de Facebook

*** 

Es
lunes 16 de diciembre de 2013 y voy hacia el penal de Ciudad Bolívar a visitar a
Brizuela, el líder máximo del reclusorio. Fuera del penal nadie lo conoce como
Wilmer, sino como Wilmito.

Le
he pedido al taxista que me deje a tres cuadras de la cárcel, en la esquina de
la avenida San Francisco, frente a una tienda llamada Comercial Romar. Las
bicicletas con cestas de mimbre delante del manubrio forman dos filas simétricas
en la entrada. A las tres de la tarde no hay clientes dentro del local. Nadie
camina en la acera del frente y los autos circulan con vidrios polarizados y el
aire acondicionado encendido. Ciudad Bolívar es a esta hora de la tarde una
plancha de aluminio sobre la que se refleja un sol gelatinoso. Sólo quien tiene
necesidad u obligación camina a esa hora por las calles solitarias que rodean a
uno de los penales más peligrosos del país. Vista Hermosa, el sector donde está
ubicado, no hace honor a su nombre. En realidad es un predio de clase media
venido a menos, compuesto por calles rotas y casas de uno o dos pisos, con
techos de platabanda, de verjas altas y puntiagudas y paredes desconchadas. Hace
rato que muchas de las viviendas que se levantan a la vera de la calle que
conduce hasta el penal no reciben una mano de pintura. Cuando en los años
sesenta del siglo XX la ciudad se expandió desde las orillas del río Orinoco,
esta urbanización, como le llaman a los sectores de clase media en Venezuela -en
contraposición a los barrios de clase popular- se convirtió en
el sitio preferido de las nuevas familias. El rápido crecimiento del sector
terminó rodeando al penal, construido años antes, en 1951, en esa zona muy
alejada del casco histórico.

Eran,
desde luego, otros tiempos. El Estado mantenía el control de las cárceles y era
inconcebible que un interno tuviera un fusil AR-15, pistolas 9 mm o una escopeta
recortada. Hoy, como ha llovido durante varios días, los huecos de las calles
están rebosados de aguas pestilentes. Los vehículos aminoran la marcha para no
reventar el tren delantero. Las aceras están levantadas y las viviendas que
están en la acera contraria a la del reclusorio tienen sus fachadas agujereadas.
Esos vecinos viven frente a un sitio donde se escuchan disparos cada día y donde
cada tanto los presos arrojan a la calle a hombres cosidos a balazos, como
ocurrió en agosto de 2011, cuando dejaron en la puerta el cadáver de Marlon
Guevara, luego de una riña por el control del penal. También está agujereado el
portón principal de la cárcel, de color verde, por el que entraré dentro de
minutos, aunque hoy no es un día establecido para las visitas. Pero eso no
importa. Los presos deciden quién entra y cuándo puede hacerlo. Mientras
arreglábamos nuestra primera cita, Wilmito me dijo por teléfono: “Usted llega
hasta la puerta de la entrada y desde allí me llama para mandarlo a
buscar”. 

«Todavía no puedo creer que voy a entrar a la cárcel con mi teléfono celular y que nadie me va a revisar.»

Eso
hice. Me detuve en la acera, junto a la garita de vigilancia de la Guardia
Nacional –en realidad, se trata de un quiosco con techo de machimbrado a dos
aguas con banquitos de hierro casi oxidado-, para enviar un mensaje de texto.
“Estoy aquí”. Pasan diez minutos y Wilmito no me responde. Decido llamarlo.
“¿Cómo estás vestido?”, me pregunta casi a modo de saludo. Le digo que uso un
pantalón negro de algodón, una polo blanca y un cuaderno de tapa blanca y vivos
azules en degradé en la mano derecha. “Ya mando a buscarte”, me responde. Los
oficiales de la Guardia Nacional están distraídos hablando entre ellos y no sé
si reparan en que estoy comunicándome con uno de los internos. Todavía no puedo
creer que voy a entrar a la cárcel con mi teléfono celular y que nadie me va a
revisar.

Wilmito, whisky y armas. Fotografìa tomada de su cuenta de Facebook

Minutos
después se escuchan golpes en el portón verde. Un guardia se acerca, abre una
puerta minúscula y veo la cabeza de un hombre joven. Aunque en ese momento no lo
conozco, con los meses sabré que se llama Juan Carlos Hernández, y es una de las
personas de confianza de Wilmito. El hombre mira a la izquierda, luego a la
derecha, hasta que fija su mirada en mí.

-¿Usted
viene buscando a Wilmer?

-Sí –respondo.

-Él
viene con el jefe –dice Juan Carlos Hernández, dirigiéndose a los
guardias.

Uno
de los oficiales deja la conversación que mantenía con sus colegas y se dirige
hasta una mesa de hierro de esquinas romas que completa la escenografía de la
garita. Hay apenas espacio para colocar las manos porque todo está ocupado por
un archivo que contiene, ordenadas alfabéticamente, las cédulas de identidad de
los visitantes. Le entrego mi documento y él a su vez me extiende un carné que
me identifica. Camino hacia el portón y, antes de entrar, le estrecho la mano a
Juan Carlos. Y así es como llego a un Estado dentro de otro Estado: un Estado
que Wilmer José Brizuela Vera, Wilmito, el pran más
temido de Venezuela, domina con mano férrea desde hace ocho
años.

***

Un pran es
el líder de los reclusos. Es un término acuñado en la jerga carcelaria y que
llegó a Venezuela desde Puerto Rico. Al margen de esas inexactitudes suena, sí,
como un nombre muy musical y de fácil recordación para los internos y las
personas de la calle. Quien mencione esa palabra –“Pran”- delante de otros sabe
que lo entenderán porque se refiere, incluso en el extendido ámbito de la guasa
caribeña, a la persona que tiene el poder.

Quienes
llegan al penal que lidera Wilmito ingresan a un territorio sin reglas donde el
único mandamiento necesario para sobrevivir es no demostrar que se teme al otro
y adaptarse de la mejor manera a lo
inesperado.

El
de Vista Hermosa es el penal donde menos muertes han ocurrido desde 2011. Y no
son pocos los que atribuyen esa disminución a la labor de Wilmito y su idea de
reproducir en la prisión el entorno que el preso dejó atrás. Desde la entrada
intuyo que caminaremos por un barrio cualquiera al escuchar la música sonando a
todo volumen, como en cualquier sector popular del Caribe. Veo mujeres cruzando
el patio con sus rollos en la cabeza y los hijos de los presos crecen corriendo
entre hombres que blanden pistolas. El Caribe y su anarquía
feliz.

***

Son
las cuatro y media de la tarde. Del cinto de Juan Carlos Hernández, que viste
bermudas y una remera ceñida, sobresale una pistola. Es un hombre flaco pero
atlético, de piel y ojos claros y con el pelo a cepillo, y me conducirá hasta la
habitación del Pran: nadie llama celdas a los sitios donde viven
aquí los presos. En este penal las rejas fueron eliminadas hace muchos años,
quizás incluso antes de que Wilmito se convirtiera en 2006 en su máxima
autoridad. El hacinamiento explica una prisión sin
barrotes.

El
Internado Judicial de Vista Hermosa fue construido para 650 internos, pero en él
viven 1.750. Los presos, pues, deben aprovechar cualquier espacio posible para
vivir y en ese afán sobrevienen los conflictos y las
muertes.

Estoy
en un gran patio con piso de cemento. Allí, un hombre transporta una carretilla
llena de tierra mientras otro lo espera junto a un promontorio de arena. Como en
cualquier sector popular de Venezuela, los internos construyen sus propias
chabolas. De hecho, mientras estaba en la calle esperando entrar a la cárcel, vi
un camión estacionado frente al portón de entrada. Dos hombres introducían al
penal bloques de cemento y materiales para la construcción. Más tarde sabré que
habían sido autorizados por Wilmito.

Al
fondo de ese patio hay un galpón pequeño. Por órdenes de Wilmito, allí están
confinados los presos que no se someten al régimen impuesto. Les
dicen gandules, porque viven de pedir a los otros y del tráfico de
drogas y porque, según la cosmovisión del gobierno interno (o sea, de Wilmito),
no quieren progresar. En la puerta del galpón un hombre mira fijamente hacia el
cielo, como alelado, e intempestivamente, cada tanto, lanza manotazos al
aire..

«¿Usted se va a quedar esta noche? Porque si es así de inmediato le arreglamos una habitación.»

Dejamos
el patio y atravesamos un pasillo que nos llevará hasta la habitación de
Wilmito, ubicada en las oficinas que alguna vez estuvieron destinadas a las
autoridades designadas por el Estado. Pasamos frente al taller de carpintería.
Después de pasar un pequeño jardín interno, llegamos al borde de unas escaleras
que conducen al piso superior. Un hombre armado está sentado al pie del primer
escalón en una banqueta de plástico. No hay barandas para sostenerse y el
cemento de los escaños está incompleto, como si un animal lo hubiera
mordisqueado. En el primer piso, hay un pequeño recibo con un televisor de
pantalla plana y un sofá de color negro, descosido. Juan Carlos me indica que me
siente. Él continúa caminando hacia la izquierda. Dos personas están sentadas
allí, manipulando sus teléfonos celulares.

Al
final del pasillo está la habitación de Wilmito. Lo intuyo porque la puerta está
cerrada y, sobre la superficie de falsa madera de la puerta, veo las iniciales
de su nombre y apellido, WB, dibujadas sobre dos pliegos de cartulina de
colores. Desde el sofá en el que estoy sentado puedo ver el patio principal de
la cárcel, donde hay una multitud que va y viene. Las columnas de humo,
provenientes de las parrillas donde se cocinan alimentos, se elevan hacia el
primer piso. Hay puestos que venden comida, golosinas, y mesas sobre las cuales
se disponen dosis de droga, también a la venta para aquellos que puedan pagarla.
De pronto, se escucha el motor de una moto. Me levanto del sofá para asomarme a
las ventanas que dan al patio y, en efecto, es una moto, conducida por un hombre
que se pierde por la vereda que va hacia el campo de
béisbol.

La
cárcel de Ciudad Bolívar se levanta en un inmenso terreno. El área
administrativa está separada de los pabellones donde viven los presos, que
pueden verse desde la ventana por donde ahora miro. El sol comienza a ponerse y
el penal adquiere un tono ocre, reforzado por el color durazno de la pintura de
las paredes. En la fachada principal de los pabellones de los presos hay dos
rostros pintados. A la derecha, Nelson Mandela. A la izquierda, Wilmito. Las dos
imágenes están encerradas en un óvalo que a la distancia se parece a las
ventanillas de un avión. Al lado del rostro de Mandela hay una frase: “No se
puede juzgar a una nación por la manera que trata a sus ciudadanos más ilustres,
sino por el trato brindado a los más marginados, sus presos”. Y junto al de
Wilmito: “No dejes que cuatro paredes roben tu sonrisa”. Mientras apunto esas
frases en mi libreta, alguien se me acerca por el costado. Es Wilmito, que se
planta delante de mí y me extiende la mano.

-¿Usted
se va a quedar esta noche? Porque si es así de inmediato le arreglamos una
habitación.

***

Wilmer
José Brizuela Vera nació en Ciudad Bolívar el 20 de marzo de 1982. No hay que
dejarse llevar por la impresión que causan las fotos que con frecuencia cuelga
en su perfil de Facebook. Algunas veces está más gordo, otras menos, de modo que
no es fácil reconocerlo al primer golpe de vista. En diciembre de 2013, cuando
lo vi por primera vez, pesaba 93 kilos, y no es un hombre alto: mide un metro
sesenta y cinco. Camina con las piernas semiabiertas, un pie apuntando hacia un
lado, el otro hacia el otro. A veces, cuando usa cholas, arrastra los pies, pero
es un hombre ágil y se precia de ser un gran amante. “Mi único vicio son las
mujeres”, suele decir.

“Mi único vicio son las mujeres”, suele decir.

Padre
de nueve hijos concebidos con siete mujeres, Wilmito es, paradójicamente, el
único descendiente de Vidalina, el primer nieto de María y el primer sobrino de
un gran matriarcado. Su padre, Carlos Delgado, era, al momento de concebirlo, un
obrero de la industria de la bauxita. En la década de los 70, impulsado por el
entonces presidente Carlos Andrés Pérez, el estado Bolívar desarrolló una
industria nacional para trabajar el hierro y el aluminio. Carlos Delgado fue uno
de los hombres beneficiados por los empleos que se generaron en la zona, y en
aquellos años tuvo una relación casual con Vidalina. Es muy curioso que ella
solo diera a luz a un niño. En las familias pobres venezolanas, suele haber
muchos más.

-Mamá
dice que siempre se conformó con tenerme a mí- dice
Wilmito.

La
de Wilmito es una pieza más bien pequeña. En la pared del fondo hay una
biblioteca con tres repisas que llena todo el espacio, con muchos libros. Sobre
otro de los entrepaños están sus efectos personales –colonias, desodorantes- y,
en la última repisa, están los zapatos. Cuento más de diez pares. Detrás de la
silla que ocupa Wilmito hay un fusil de asalto AR-15 y una pistola 9 milímetros.
Sobre la cabecera de la cama, de tamaño matrimonial, cuelga un afiche, enmarcado
en marco dorado, con la foto de un tigre. Debajo de la fotografía leo: “El Señor
va delante de mí, él estará contigo, no te dejará ni te desamparará. No temas ni
te intimides”. La voz de barítono de Wilmito dice:

-¿Dígame,
hermanito, qué se le ofrece?

*** 

Conozco
a Vidalina, la madre de Wilmito, una mañana de enero de 2014 en un estadio de
softbol, El equipo de la cárcel de Vista Hermosa –llamado Los Hit Man- está
inscrito en un torneo que enfrenta a cuatro equipos y hasta allí ha llegado
Vidalina para aupar a Wilmito, titular en su escuadra. Estamos en el barrio
Medina Angarita, de Ciudad Bolívar. Las viviendas, pintadas en tonos de rosado,
ocre o azul pálido, son de una planta, y el tendido eléctrico cruza sobre los
techos de platabanda.

Vidalina
–una morena robusta, entrada en sus cincuenta, que cuando sonríe enseña unos
dientes parejos y muy blancos- aún vive en el barrio Hipódromo Viejo de Ciudad
Bolívar, una lonja de tierra entre el margen más angosto del Río Orinoco y la
Laguna del Medio. Trabajó como camarera durante muchos años en el Hotel Bolívar,
el más importante de la ciudad en la década de los años setenta, y Wilmito,
durante sus ausencias, quedaba al cuidado de la abuela María. El niño creció en
un matriarcado, rodeado de afecto, alejado de las drogas y sin extrañar la
figura paterna. Recibió su apellido de una pareja estable que tuvo Vidalina
mientras transcurrió su embarazo. Aceptaba los regaños de los vecinos sin abrir
la boca y sin contradecir las órdenes. Jugaba con canicas –aquí las
llaman metras- y un trompo. Iba al colegio Rotario por las mañanas y
pasaba las tardes jugando a la pelota en las calles de tierra, a la sombra de
árboles de mango.

-Nunca
me llamaron para plantearme una queja de él-, dice Vidalina, sentada en la
tribuna sobre dos tablas rectangulares de madera cuarteada, en medio del
bullicio de los jugadores, que ahora beben cervezas.

Wilmito
está en la otra tribuna con Luis Zamora, alias Boliqueso, el segundo
de sus lugartenientes y encargado de administrar los castigos en el penal. El
equipo de los presos ha perdido el partido frente a la formación de Brisas del
Orinoco, constituida por vecinos de ese sector, y él no tuvo una buena
tarde.

Para
los presos, de cualquier manera, estos partidos son una fiesta. Vigilados por la
Guardia Nacional, que está apostada en las entradas y salidas de las tribunas y
rodea cada punto del estadio, el juego de béisbol es la excusa para encontrarse
con sus familiares e hijos en las tribunas. Bien lo sabe Vidalina. Es, también,
el modo que ella tiene de apoyar esa suerte de programa de gobierno que su hijo
repite a los periodistas que lo han visitado, y que podría resumirse en cuatro
mandamientos: nada de andar en los pasillos sin camisa, hay que respetar a los
familiares que visitan el penal, no hay que robar a los compañeros y se debe
practicar algún deporte. Tal vez por esa razón, los presos se toman estos
campeonatos como si se tratara de un torneo profesional.

***

Siendo
todavía un niño, Wilmito empezó a practicar boxeo aunque su madre se oponía. El
responsable de esa pasión fue su abuelo Cándido Vera, un ex boxeador y luchador
profesional, con quien veía los programas de boxeo que transmitía la televisión
–las históricas peleas de Ray Sugar Leonard con Marvin Hagler o
Tommy Hearns- en la década de los ochenta. Un día, mientras miraban una de esas
peleas, Wilmito le dijo que quería aprender.

-Tú
me estás jodiendo –le contestó el abuelo.

-No
–le respondió Wilmer.

El
abuelo se levantó de la silla y se puso en posición de combate: Las piernas
flexionadas, los codos pegados a las costillas, los pasos hacia adelante y hacia
atrás, uno, dos, uno, dos. A partir de entonces, y de manera más o menos
improvisada y rústica, el abuelo entrenó al nieto en los principios del boxeo.
Cinco meses más tarde, Wilmito pidió matricularse en una academia. Tenía 13
años. Ciudad Bolívar tenía entonces dos campeones mundiales –los hermanos
Ernesto y Crisanto España- que atribuyeron el poder de sus puños a los mangos
que comían y una legendaria escuela, el gimnasio Boris Planchart, dirigida por
el entrenador Ángel Salaverría. Hasta allá lo llevó Cándido Vera una tarde.
Salaverría y Vera se saludaron sin especial deferencia. Cuando Vera le contó el
motivo de la visita, Salaverría encaró a Wilmito, y sostuvieron un breve
diálogo:

-¿Quieres
aprender?

-Sí.

-¿Quieres
ser alguien?

-Sí.

El
entrenador se quedó callado, mirándolo a los ojos. Después, le dijo una frase
que hoy, casi veinte años después, Wilmito es capaz de recitar de memoria:
“Necesitas tener un corazón de guerrero, una vista de águila y unos puños de
acero”.

En
el boxeo, Wilmito tenía talento y ganas, pero le faltaba la preparación física.
Ángel Salaverría, fallecido hace dos años, pulió aquellas primeras lecciones del
abuelo Cándido Vera. Wilmer llegaba del colegio a la una de la tarde, recogía un
bolso con una muda de ropa y una pimpina de agua, y salía en autobús hacia el
gimnasio, donde pasaba cuatro horas entrenándose hasta que, derrotado por el
cansancio, volvía a casa a comer y a dormir. Estaba matriculado entonces en el
liceo Ernesto Sifontes, cursaba la escuela secundaria y era un chico
delgadísimo, de apenas 48 kilos. A los 14 años, cuando su entrenador decidió que
estaba listo para debutar en la categoría Mosca, no resaltaba por la fuerza de
su pegada. Pero a Salaverría le llamaba la atención la tranquilidad de su
discípulo. Aplanado, casi inexpresivo, Wilmito no parecía alterarse cuando lo
golpeaban. Con el tiempo, aprendió a anticipar los movimientos del rival para
esquivarlos. Muchos años después, el boxeo le serviría para mantener la calma en
medio de situaciones muy complejas: ¿Cómo encarar el robo de un banco sin
alterarte cuando el plan no funciona como lo habías diseñado, sin ser capaz de
anticipar las reacciones del otro, que está tan aterrado como
tú?

En
aquel primer combate enfrentó a Luis Palma, a quien venció por decisión de los
jueces. El profesor Salaverría tomó aquella refriega como el inicio de la
carrera de un campeón al que había que cincelarle la paciencia. Wilmito vio en
aquellos años los videos de Marvin Hagler, un legendario campeón de peso medio
que jamás dejaba de pegar. ¿Qué pasaría si él, que entonces era una poquita
cosa, un gorrión de lavandero sin alas, el hijo único y pobre de una camarera,
se convertía en un nuevo campeón mundial de boxeo, como Hagler? De las
siguientes 280 peleas, solo perdió tres: con Gilmer Pino, José Rincón y Patrick
López, medallista de oro en los Juegos Panamericanos de 2003 celebrados en
República Dominicana. Hasta hoy Wilmito los recuerda con nombre y apellido, y no
porque aún no haya asimilado la derrota, sino porque Patrick López llegó hasta
donde él hubiera querido llegar: Los Juegos Olímpicos. A Wilmer solo le faltó
ese escalón para coronar una progresión exitosa: ganó la presea dorada en los
Juegos Nacionales Juveniles de 1997 y participó, en 1999 y 2000, del torneo
internacional Batalla de Carabobo, el evento más importante del pugilismo
aficionado en Venezuela. 

Esa
capacidad para esquivar los golpes y castigar al rival a la zona media con la
mano izquierda –una técnica que Salaverría le enseñó utilizando como blanco un
muñeco relleno de arena- fue también advertida por los entrenadores de la
selección nacional, José Sayago y Ángel Fermín. Fue quizá el momento más
esplendoroso de su vida. En 2000, con 18 años, fue llamado a la preselección que
participaría en el nuevo ciclo olímpico. En 2004 se celebrarían las Olimpiadas
en Atenas, y Wilmito comenzó a pensar que podía colgarse en el pecho una medalla
de oro. Había desarrollado la valentía de intercambiar golpes de principio a
fin. Con el tiempo, había ganado poder en su pegada: su entrenador lo obligaba a
golpear sacos de aserrín de más de 100 kilos. Un round dura tres minutos, pero
sobre el ring tres minutos son la eternidad. Decía Joyce Carol Oates, en su
ensayo Del boxeo, que el que practica este deporte debe aprender a
inhibir su propio instinto de supervivencia y a doblegar el impulso humano de
eludir el dolor. Wilmito dice que, con los años, el boxeo lo enseñó a perder el
miedo. Y eso era algo que iba a necesitar.

***

Mientras
evoca sus glorias idas, sus ayudantes llegan con la cena: dos sánduches rellenos
con pollo a la parrilla, rociados con salsa rosada, preparados, supongo, en uno
de los expendios de comida del penal. Cuando nos disponemos a comer, tocan la
puerta de la habitación. Es Boliqueso que viene abrazado a dos
mujeres arregladas como para ir a bailar. Una de ellas, vestida con una blusa
escotada, unos jeans desteñidos y sandalias, tiene el cabello veteado de tinte
amarillo. El tinte no ha logrado colonizar las raíces negras. Lleva las uñas de
los pies perfectamente pintadas en varios colores. La otra, más discreta,
permanece callada y parece triste. Boliqueso lleva en su mano
una botella de licor de anís y tiene el pecho henchido. Wilmito, que dice no ser
un aficionado a las bebidas alcohólicas, bromea con el grupo que se prepara para
seguir la fiesta. Frente a los chistes de Wilmito, en un lenguaje casi cifrado,
la falsa rubia se dobla como si tuviera arcadas, ríe con energía y parece a
punto de caer. Son conversaciones que un extraño no entiende sin contexto. Los
tres han entrado al cuarto para buscar vasos plásticos. Wilmito se levanta de su
silla y toma tres vasos de color fosforescente del mueble colocado frente a su
cama. Sobre la repisa que lo corona hay un televisor pantalla plana de 42
pulgadas y varios discos compactos de una banda llamada Voces de Libertad. Al
ver los discos, Wilmito tiene una idea, que ejecuta una vez
que Boliqueso y las chicas salen del cuarto, abrazados como
entraron: amenizaremos nuestra cena con la música de la formación que, faltaba
más, lo tiene a él entre sus integrantes.

Su
sánduche está todavía intacto sobre la mesa. Wilmito enciende el DVD y prepara
el televisor para que veamos el show mientras cenamos. Voces de la Libertad es
una orquesta de presos que toca versiones de grandes clásicos de la salsa. En la
carátula del disco cuento los nombres de dieciocho personas, entre personal
técnico, coristas, cantantes y músicos. La primera pieza que escuchamos
es Aguanilé, el viejo tema que grabaron Héctor Lavoe y Willie Colón
en una memorable placa llamada El Juicio, de 1972, y que más recientemente ha
sido cantada por Marc Anthony. Los músicos se presentan sobre una tarima que
nada tiene que envidiar a las que se ven en los conciertos de las bandas
establecidas..

-Esa
es una fiesta que dimos aquí el día de Nuestra Señora de Las Mercedes, patrona
de los presos.

La
tarima, me dice, estaba colocada al fondo del penal, en el patio de deportes, un
terreno en forma de diamante donde suelen jugar béisbol.

***

En
octubre de 2002, cuando tenía 20 años, Wilmito fue a una función de matiné en la
discoteca Atenas, muy de moda en Ciudad Bolívar, con un amigo que llevaba una
pistola. Wilmito, vestido con la chaqueta de la selección nacional de Venezuela,
una pieza con los colores de la bandera nacional, conversaba con unos amigos
cuando la policía llegó al local para hacer una requisa. Ya era un hombre
reconocido por sus méritos deportivos y, aprovechando esa circunstancia, su
amigo le entregó la pistola que llevaba, para evitar problemas. Esa noche,
ninguno se salvó de la revisión.

-Yo
creo que el policía me vio cuando recibí el hierro. Todo fue muy
rápido. Me quitaron la pistola, me esposaron y me sacaron de allí detenido. De
pronto las cosas cambiaron para mí.

Wilmito
dice que hasta ese momento jamás había delinquido. Pero eso no es cierto, según
lo comprobé después de mi visita al chequear sus antecedentes penales. Desde el
13 de mayo de 2001 estaba solicitado por la subdelegación de Ciudad Bolívar por
robo. Una semana después, 20 de mayo, volvió a robar y también lo hizo el 19 de
octubre de 2001. De acuerdo con los registros policiales había delinquido en
tres ocasiones antes de ser capturado dentro de la discoteca, pero él ha
preferido obviar ese detalle.

De
la discoteca lo llevaron a la cárcel de Vista Hermosa, donde pasó seis meses.
Durante los primeros cuatro días no salió nunca de la habitación. Se las había
arreglado para conseguir la protección de uno de los líderes del pabellón donde
lo alojaron, Luis Oswaldo Martínez. No lo dejaban ver los coliseos, las peleas a
cuchillo entre presos enfrentados por alguna disputa, y que son ordenadas por
el pran para que esas disputas se diriman. Dejó de alimentarse
como un atleta –carnes blancas, vegetales, zumos naturales- para comer harinas y
a deshora.

Al
salir de la prisión con una medida cautelar, el Instituto Nacional de Deportes
(IND) sometió su caso a la consideración de un tribunal disciplinario en
Caracas, que resolvió expulsarlo de la preselección nacional de boxeo. Wilmito
regresó decepcionado a su casa, sin ganas de seguir entrenando, a pesar del
respaldo que le daba su mentor, Ángel Salaverría. Había quedado fuera del ciclo
olímpico.

Vidalina,
su madre, estaba sin trabajo, en medio de una feroz contracción económica por el
paro de la industria petrolera venezolana de principios de 2003. Wilmito comenzó
a frecuentar a los amigos del barrio que no tenían una vida sino un prontuario.
Vidalina le pidió que no se juntara con los malandros del barrio. Pero él tenía
una certeza: creía que los hombres jamás pueden zafarse de su prontuario, y él,
aunque pequeño, ya tenía uno.

La
primera vez participó en un robo a un comerciante de oro y diamantes, en el
aeropuerto de Ciudad Bolívar, una terminal modesta que sólo recibe un vuelo
comercial por día desde Caracas. Salvo eso, por lo general allí aterrizan
avionetas con personas que transportan metales –oro, diamantes- desde las minas
del sur y el oeste del Estado. Fue una operación simple, en la que él sólo se
encargó de cuidar las espaldas de los compañeros que asaltaron al comerciante. A
ese debut le siguieron varias operaciones similares hasta que, acusado de un
delito que él nunca reconoció – el secuestro de Juliano Elías Abboud, un
conocido comerciante árabe de la zona, ocurrido el 26 de septiembre de 2004-
volvió por segunda vez a Vista Hermosa. Era el año 2005 y Wilmito estaba
dispuesto a convertirse en líder.

***

Como
presidenta del circuito judicial penal, Mariela Casado ratificó en 2007 el
primer fallo de los tribunales locales, publicado en octubre de 2006, contra
Wilmito: diez años de prisión por raptar a Abboud. No era la primera vez que se
veían, ni tampoco sería la última. Se habían conocido en la cárcel de Vista
Hermosa cuando ella recién se estrenaba en su cargo y él apenas comenzaba a
despuntar como un líder. Ella visitaba el penal para conocer las demandas de los
presos y él era quien transmitía las peticiones. Con lo poco que hablaron,
Casado elaboró el perfil de un hombre astuto, amoral y siniestro, con mucha más
facilidad para expresarse que el resto de sus compañeros. Varios de los presos
que acudían a los tribunales confirmaron sus presunciones cuando, en el receso
de las audiencias, le confiaban que para sobrevivir dentro del penal había que
obedecerlo y pagar sin falta el impuesto semanal.

***

Ya
es de noche, pero la música, ensordecedora, continúa. Ahora son casi las ocho y
Wilmito me reitera la invitación:

-Si
quieres puedes quedarte a dormir. Yo arreglo un cuarto y mañana
continuamos.

Pero
no acepto quedarme, porque tengo miedo.

«Si quieres puedes quedarte a dormir. Yo arreglo un cuarto y mañana continuamos.»

Antes
de irme, le pido dar una vuelta por otras áreas del penal, y Wilmito acepta.
Salimos del cuarto y nos encontramos con Juan Carlos Hernández, el hombre que me
había recibido en la entrada, sentado en el sofá del recibidor. Cuando nos ve
aparecer, hace el ademán de levantarse, como si ante él hubiera aparecido un
militar de rango superior. Todavía lleva la pistola en el cinto. Wilmito le pide
que se quede sentado con un gesto apenas perceptible. Seguimos caminando por el
mismo pasillo hasta la puerta del fondo. Al abrirla, entramos a un cuarto oscuro
iluminado por la luz que rebota de un televisor de 42 pulgadas de pantalla
plana, que refleja una transmisión de circuito cerrado. En todo el penal hay 48
cámaras que le permiten al Pran y a sus segundos vigilar todas
las áreas: la planta baja de los pabellones, la vereda donde se reproducen
kioscos de venta de comida y golosinas, la verja verde de la entrada principal,
el área destinada a los homosexuales y a los evangélicos, y la zona de La
Guerrilla, donde están los presos que no quieren acatar las reglas impuestas. Es
un galpón donde viven hacinadas varias personas. Wilmito toma el mouse del
ordenador que controla el sistema y se posa sobre cualquiera de las imágenes,
para ver con detalle qué sucede.

Wilmito
pasa mucho rato mostrándome la cárcel a través de la pantalla, y entonces le
pido que dejemos para otro momento el recorrido. Wilmito me acompaña, escaleras
abajo, hacia la puerta de salida del penal. Por el camino le pregunto quién pone
el dinero para comprar las cámaras y los televisores. No hay una respuesta
concluyente y variará en los meses que siguen: a veces me dice que son
donaciones de amigos; otras, que se compraron con el dinero que cada preso
entrega al Pran todos los domingos de cada mes para mantener
las instalaciones.

***

Regreso
a Vista Hermosa a media tarde del jueves 9 de enero de 2014. Sopla una brisa
fresca y no hace tanto calor como en diciembre. Juan Carlos Hernández me recoge
otra vez en la puerta, pero no caminamos hacia la habitación de Wilmito.
Recorremos el penal a la luz del día. Mientras caminamos por el pasillo de uno
de los pabellones, Hernández se detiene y toca la puerta de una de las
habitaciones. Entramos a un cuarto iluminado por luces de neón. Una mujer está
sentada sobre una cama matrimonial, con una niña paralítica entre los brazos.
Wilmito está a su lado. Al verme, y antes de extenderme la mano, se inclina para
besar la frente de la niña, que, sabré después, tiene cuatro años. Luego utiliza
el dedo índice y el medio a modo de pinza para tocarle la nariz y hacerle cariño
mesándole el cabello. El aire acondicionado mantiene la habitación a una
temperatura casi polar.

Cuando
salimos le pregunto quién era y me responde:

-Ella
era mi mujer, pero ya no estoy con ella. Ella vive aquí con mi
hija.

Wilmito
no sabe precisar qué le pasa a la niña, por qué está paralizada. A esa mujer, a
la que ni siquiera menciona por su nombre, la dejó por otra, y a esa otra la
sustituyó por otra más y así.

Seguimos
caminando por el pasillo que desemboca en el patio central. Allí hay dos niños
jugando. Uno de ellos –pequeño, fornido, moreno y con el cabello casi al rape-
usa una camiseta del Barcelona y debe tener unos seis años. Se parece mucho a
Wilmito y, en efecto, es uno de sus hijos. Antes de seguir, él se toma unos
segundos para jugar con él. Padre e hijo se colocan en posición de combate, con
la pierna izquierda más adelantada, semiagachados, y con los puños a la altura
del mentón. Después, unen sus puños derechos, como si estuvieran jugando a los
superhéroes. Juan Carlos Hernández y yo seguimos nuestro camino y Wilmito se va
a su habitación.

“Ese Wilmito como que manda más que tú, Rangel”

El
paseo que hemos dado por casi toda la cárcel tiene un solo propósito: que yo vea
que los presos son más capaces que el Estado para manejar el penal. El fallecido
presidente Hugo Chávez consideraba a Wilmito casi un gobernador in
pectore. Chávez, que solía bromear con sus invitados al programa dominical
que conducía, Aló, Presidente, le dijo al gobernador del estado
Bolívar, Francisco Rangel Gómez, presente entre el público, “Ese Wilmito como
que manda más que tú, Rangel”. El gobernador esbozó una media
sonrisa.

Este
día de enero, el recorrido por la cárcel termina en la cancha, que está muy bien
conservada. Dos equipos de presos juegan al fútbol. Algunos tienen camisetas de
clubes como Arsenal o Real Madrid; otros, usan camiseta de clubes locales:
Deportivo Táchira y Caracas Fútbol Club.

Wilmito
es uno de los jugadores. Acompaña la jugada con parsimonia de elefante y no
traba la pelota en la mitad del terreno. Parado cerca de la banda, siempre
espera desmarcado el último pase para patear al arco. En dos ocasiones, el
arquero bloquea la pelota, pero en la tercera Wilmito recibe en el vértice del
área, regatea a un contrario que se desliza para quitarle el balón, y le pega al
ángulo. No se escuchan aplausos desmedidos tras el gol. Wilmito regresa
caminando hacia la mitad de la cancha que defiende su equipo, y ocupa su
posición de extremo. Noto, sí, el esfuerzo de los rivales por no pegarle
patadas.

Boliqueso está
sentado a mi lado, ajeno a lo que ocurre en el juego, porque se entretiene
manipulando su teléfono inteligente de última generación. Los guardaespaldas de
Wilmito se apostan con armas largas en las esquinas de la cancha, y detrás de
nosotros. Lo primero que me dice Boliqueso es que él es
responsable de que los presos aprendan a convivir. Esa frase suena extraña en
boca de hombre que apenas abre los labios, de frases cortas y silencios amplios.
De pronto, toda su autoridad queda en evidencia cuando dos de sus lugartenientes
se presentan ante nosotros escoltando a un hombre que trasgredió uno de los
mandamientos del Pran. La noche anterior, un preso dejó olvidado un
teléfono celular en las gradas de la cancha. A través de las cámaras, alguien
vio que este hombre nervioso, que ahora está parado delante de nosotros, se lo
llevaba escondido entre la ropa.

El
hombre empieza a gesticular con movimientos ampulosos cuando lo acusaron del
robo.

-No, causa,
usted cree que yo voy a estar pendiente de ese teléfono.

En
la jerga carcelaria, “causa” significa amigo cercano o
aliado. Boliqueso apenas lo mira y parece pendiente de su
propio teléfono. El hombre sigue gesticulando, con una pistola de cacha
niquelada en la mano. Una, dos, tres veces sube y baja los brazos en un gesto
visible de contrariedad, al tiempo que trata de explicar que él no ha tomado el
aparato. Cuando repite el gesto por cuarta vez, tengo miedo de que se le escape
un disparo, y cierro los ojos. De pronto, la voz
de Boliqueso dice:

-Quítenle
la pistola y que regrese al techo.

El
hombre entrega el arma y se va, pateando el aire. Durante mi primera visita
había visto a varios hombres sobre la platabanda de los pabellones, pero supuse
que allá arriba, mientras caía la tarde, se distraían viendo hacia el horizonte,
o buscaban la brisa fresca que, a nivel del asfalto, apenas se siente. Pero no.
En el techo están castigados durante días aquellos internos que transgreden las
normas impuestas por el Pran. Y no pueden bajar hasta que se
los autoricen.

Wilmito
termina de jugar y camina hacia nosotros. Uno de los guardaespaldas le ofrece
una silla. Casi se arroja sobre ella en el esfuerzo de recuperar el ritmo normal
de las pulsaciones. Se ve bastante cansado. Pocos minutos más tarde, me invita a
ir hasta su habitación.

-Esa
escena que tú presenciaste, del muchacho que se robó el celular, es una de las
formas que tenemos de imponer la disciplina –dice, una vez que nos instalamos en
el cuarto.

-¿Pero
aquí en Vista Hermosa han ocurrido cosas peores?

-¿Como
cuáles? –pregunta Wilmito, reclinándose en una silla de
plástico.

La
camisa sudada reposa en el respaldar del
asiento.

«Él no murió. Pero al que tomó el video que circuló en Internet sí lo matamos.»

-En
otras cárceles venezolanas, por ejemplo, a los internos que roban les cortan los
dedos con un machete. ¿Eso pasa aquí?

-No.
Pero le podemos dar un tiro en la mano para que no lo vuelvan a
hacer.

-¿Y
cómo castigan a los que cometen faltas más graves?

-Depende
de la falta que hayan cometido.

-A
los violadores, por ejemplo, creo que no les perdonan la vida.

-Eso
es cierto.

-En
Youtube pude ver un video llamado ‘La reina del arroz con pollo’. ¿Esas imágenes
fueron grabadas en este penal?

-Ese
chamo violó a una niña de ocho años. Él debe sufrir lo que ella
sufrió.

-¿Lo
violaron y luego lo mataron?

-Él
no murió. Pero al que tomó el video que circuló en Internet sí lo
matamos.

***

Wilmito
está ahora sentado a orillas de un inmenso terreno que en la cárcel se utiliza
para jugar béisbol. Es martes 18 de marzo de 2014. Son las tres de la tarde y
bajo la canícula polvorienta, un interno alto y barbudo trota a paso de
maratón.

Nos
acompañan Sincamisa y varios de los guardaespaldas. Uno de
ellos le pide que cuente cómo fue que se convirtió en el jefe de todos. Recuerdo
entonces lo que me había contado en su habitación en una de mis primeras
visitas. En 2005 William, un preso con el que había cometido algunos atracos,
tenía que salir en libertad y decidió entregarle el control del grupo. Fue casi
como la coronación de un discípulo: “Tú lo puedes hacer mejor de nosotros”,
afirmaron los dos subalternos de William, a quienes correspondía por jerarquía
conducir al grupo.

A
mediados de aquel año, todas las áreas del penal tenían sus líderes. Las
rencillas por el control completo de la cárcel eran frecuentes y había cada vez
más muertos. Las disputas se dirimían en una actividad medieval –llamada
Coliseo- donde dos internos, por órdenes del Pran, se enfrentan a
cuchillo en el medio de una rueda formada por sus compañeros. Por todas esas
cosas, dice Wilmito, la idea de controlar el penal, instaurar sus reglas y
masificar la práctica deportiva generó la simpatía de los
internos.

Al primero lo liquidó con un disparo entre los ojos y, después, mató a tres más.

Con
60 de ellos, planificó tomar el área de Reos –otra de las partes en las que se
divide el penal, que tenía su líder- el 16 de octubre de 2005. Armaron un
croquis e identificaron por dónde entrarían a matar a los miembros del grupo
rival. Fabricaron escudos con tambores de hojalatas y puertas de escaparates,
que servirían para avanzar mientras se protegía al líder. El invento, al que
llamaron Papa Móvil, funcionó de la mejor manera porque logró
amortiguar el impacto de una granada, y Wilmito y sus compañeros sólo recibieron
algunas esquirlas. Aturdidos y confundidos, los miembros del grupo rival
quedaron a merced de Wilmito, que emergió desde atrás de los escudos con su
ametralladora terciada y su pistola. Al primero lo liquidó con un disparo entre
los ojos y, después, mató a tres más. El grupo de Wilmito solo tuvo una baja.
Los presos de Reos que sobrevivieron de inmediato reconocieron su
autoridad.

Semanas
después se prepararon para atacar a los del sector de Observación. Wilmito
sentía por ellos un particular desprecio. En la mañana del 15 de noviembre de
2005, un hombre de la banda que allí mandaba “cantó una luz”. En la jerga
carcelaria, eso significa que nadie puede moverse del lugar en el que está. Son
momentos de mucha tensión, porque pueden estar moviéndose armas de un escondite
a otro, y entonces se necesita discreción. Pero un interno de ese sector, que
estaba preso por haber robado un cerdo, desobedeció y lo mataron. A las dos de
la tarde de ese día, Wilmito, asqueado, le dijo al parquero, el hombre que
conoce dónde se guarda el armamento:

-Prepara
todo porque vamos a tomar esa mierda.

Lo
cumplieron. Después de Observación, Wilmito y su banda tomaron el área de
Taller. Luego cayeron el Rancho y el Anexo. En 2006 ya tenía control sobre todo
el penal y había establecido las reglas: respetar a la visita del interno por
sobre todas las cosas (el que no lo hiciera tendría que pagar con su vida);
nunca revelar a la Guardia Nacional el sitio donde se esconden las municiones y
las armas; y jamás intentar despojarlo de su oficiosa
autoridad.

Ese
mandamiento casi nunca es respetado y él mismo lo sabe. En 2009 intentaron
asesinarlo. Un hombre joven le salió al paso mientras Wilmito caminaba por las
áreas administrativas, y comenzó a dispararle. Casi al mismo tiempo, empezaron a
sonar balazos en otras áreas. Wilmito fue herido en el hombro, pero pudo subir
las escaleras hasta llegar a su habitación. Tomó la ametralladora, y volvió a
salir de la habitación con un compañero que lo custodiaba. Sabiendo que todo era
muy confuso, que aquello podía ser un nido de traidores, con la ametralladora
terciada y con un bolso en el que llevaba dos mil balas y cinco granadas, tocó
el hombro de su custodio y, tras persignarse, le dijo:

-Que
sea lo que Dios quiera.

Para
entonces, Boliqueso y Sincamisa habían
ordenado cortar la luz. Así, Wilmito y sus compañeros, tiro a tiro, sofocaron la
rebelión. Los conspiradores eran siete y cuatro murieron
ajusticiados.

Me
doy cuenta de que Wilmito ha estado recordando todas sus operaciones en medio de
un público que, salvo yo, parece casi indiferente a sus hazañas. Nadie lo
interrumpe, todos asienten. Están sus guardaespaldas, están Juan
Carlos y Sincamisa, pero todos escuchan el relato como si
estuvieran un poco hartos del mismo cuento escuchado una y otra vez. El sol
comienza a ocultarse detrás del muro del penal, y dicen que van a acompañarme
hasta la salida. Yo, sin querer, me quedo un poco rezagado amarrándome los
cordones de los zapatos mientras Wilmito y sus espalderos caminan adelante.
Cuando me estoy incorporando para sumarme al grupo siento el fuerte rugido del
motor de una moto muy cerca del oído. Veo a un hombre a mi lado, subido a una
moto. Apenas recojo mi cuaderno cuando escucho:

-Te
puedo llevar hasta la puerta para que no camines este trayecto. Son 20
bolívares.

***

El
28 de diciembre de 2009, a la hora del almuerzo, Wilmito se desplomó entre
bocado y bocado. Acababa de molestarse con un interno que “se había comido una
luz”. Esa expresión significa en la jerga carcelaria una falta a las reglas
impuestas por los reos y es merecedora de un castigo proporcional a ese
“delito”. Wilmito fue trasladado hasta la policlínica Santa Ana de Ciudad
Bolívar, y volvería a despertarse doce días después, tumbado en una cama y
preguntándose qué le había pasado. Le había subido la presión arterial con la
potencia suficiente para generar un edema cerebral que con los días fue cediendo
a base de inyecciones de diuréticos y esteroides.

Asesorado
por sus abogados, Wilmito identificó en ese percance la oportunidad de solicitar
al tribunal cumplir el resto de la pena en su casa. Al escrito que razonaba la
petición agregaron un informe médico que certificaba sus padecimientos –una
elevada presión arterial y alteraciones en los valores de los triglicéridos y el
colesterol- y lo presentaron con las formalidades debidas para que la audiencia
incluso se celebrara en su lecho de enfermo. Todos suponían que la decisión
favorable era un hecho mas no fue así. Advertida por los médicos de la clínica,
la jueza Mariela Casado sabía que Wilmito podría regresar a la cárcel sin
mayores inconvenientes. Como magistrada rectora ella pidió explicaciones a la
jueza de primera instancia que llevaba el caso por la falta de decisión. Había
transcurrido un mes desde el desmayo y Wilmito era el de siempre. Hacía y
deshacía. Tenía las llaves de su habitación, entraba y salía de la clínica, y
sus familiares se habían alojado en el cuarto contiguo para acompañarle. ¿Era
posible que un preso ahora utilizara la clínica como un hotel?, se preguntaba
Mariela Casado.

Con
esas evidencias, y quizás con la silenciosa presión de Mariela Casado, la jueza
del caso decidió que los días de Wilmito como paciente habían terminado. Debía
volver a la cárcel.

***

A
juzgar por lo que vino después Wilmito no recibió la noticia de buena manera y
urdió una venganza en dos actos. El primero comenzó el sábado 30 de enero de
2010, cuando sacó una ventana del marco de su habitación en la clínica, rompió
los barrotes y ganó la calle con la aparente complicidad del piquete policial
que lo resguardaba, de acuerdo con el relato contenido en los expedientes del
caso.

En
la clínica los médicos conocieron otra versión. Era imposible que un hombre de
esas dimensiones pudiera escapar por una ventana. Wilmito había salido a ver en
la televisión el último juego de la serie final de la Liga Venezolana de Béisbol
Profesional entre los Leones del Caracas y los Navegantes del Magallanes, un
acontecimiento deportivo que paraliza al país. Se trata de los dos equipos con
más seguidores y Wilmito, un seguidor del Caracas, que obtuvo el título aquella
noche, estaba entre aquellos absortos hinchas. En el júbilo de la celebración
el Pran se quedó dormido y no regresó a su
habitación.

Cuando
la policía advirtió su ausencia inició una búsqueda casi frenética. El 2 de
febrero vaciaron una casa donde suponían que estaba escondido. No lo
encontraron. Hallaron, sí, a tres hombres e incautaron, según la prensa, 700
municiones calibre 7.62 para un fusil automático liviano. El cerco se estrechó
tanto hasta que el 4 de febrero Wilmito se entregó en Caracas, en una oficina de
la Policía Científica. Había recorrido 600 kilómetros desde Ciudad Bolívar
porque creía que solo en la capital de Venezuela podrían reparar la injusticia
que, según creía, la jueza Casado había cometido en su contra al impedir una
decisión favorable. Le había planteado su caso a Lina Ron, una activista del
gobierno con sólidos nexos con el presidente Chávez, quien lo llevó con el
entonces director de la Policía Científica, Wilmer Flores
Trossel.

Wilmito
no regresó a Vista Hermosa. A los pocos días lo trasladaron hasta la Mínima de
Tocuyito –el penal donde ahora se encuentra- y agregaron a su expediente el
intento de fuga de la clínica. Tenía asegurado no solo un nuevo juicio, sino un
incremento de la condena. Lejos de su familia y del poder que había acumulado,
Wilmito comenzó a subir de peso y a sufrir quizá como nunca antes dentro de un
reclusorio. Su familia, mientras tanto, denunciaba en los medios locales sus
padecimientos y la mala voluntad de la jueza Casado como máxima autoridad
judicial al no querer reconocerlos. Dos meses después volvió a Ciudad Bolívar
para ser juzgado por el intento de fuga. El juez Roberto Delgado ratificó en
abril de 2010 que debía volver a la cárcel de Tocuyito tras la primera
audiencia. Un alguacil que estuvo presente me contó su reacción cuando escuchó
el fallo. Wilmito se enfureció y lanzó maldiciones a todos los presentes en la
sala. “Ella es la culpable. Mariela Casado es la culpable de esto”, gritaba.
Desde entonces, comenzó a planear la manera de vengarse de ella.

***

Mariela
Casado quería regresar a Valencia, de donde era oriunda. Había pasado mucho
tiempo enfrentando un entorno hostil que no le permitía trabajar con comodidad.
A sus familiares les había confesado que no se sentía una mujer libre. La mitad
de su libertad, contaba, la había perdido cuando se recibió de abogado y la otra
mitad la estaba perdiendo lentamente en su pedregoso ejercicio
profesional.

Las
imprecaciones de Wilmito sumaron otro motivo a las ganas de marcharse de la
ciudad. No era la primera amenaza que recibía, es cierto, pero ya había perdido
la fuerza que durante cinco años la llevó a soportar las presiones. Recordó
entonces cómo, entre 2005 y 2010, había decidido abstenerse de conocer cualquier
causa relacionada con él para evitar la tortura de lidiar con Vidalina, la madre
del Pran, y María, la abuela, quienes siempre pasaban por los
tribunales para exigir cualquier cosa: desde medidas alternativas al encierro
para cumplir la pena o el regreso de Wilmito a su ciudad de
origen.

Mariela
Casado se ocupó, sí, de dejar asentadas esas amenazas en una denuncia
interpuesta ante la fiscalía del estado Bolívar. Hoy sus familiares piensan que
gracias a ese afán por documentarlo todo se despejó el camino para resolver el
crimen que la alejó del país. El 6 de junio de 2007, según consta en el
expediente, había revelado que en varios mensajes enviados a los celulares de
sus colaboradores la amenazaban de muerte. Dos de ellos decían así: “Wilmel
(sic), hay que joder a esa Mariela Casado, la juez de Ciudad Bolívar. Ya cuadré
el atraco (…) Pégale un tiro”. Y otro: “Los panas (amigos) fueron a la cárcel a
visitar a Wilmito y él cuadró todo. Mosca (pendiente), dile a Cara de
Ratón”.

“Doctora, yo no amenazo, yo actúo”

A
ella, sin embargo, no le parecía que Brizuela pudiera ser el autor de ese
mensaje. De hecho, en 2007 había despedido a varios secretarios y alguaciles de
los tribunales y cualquiera de ellos tenía incluso más razones para amenazarla.
Y el mismo Wilmito se encargó de llamarla para aclarar cómo procedía él poco
después de que recibiera esas amenazas. Mariela Casado le contó a un amigo
cercano, quien a su vez aceptó revelarme esto siempre y cuando mantuviera en
secreto su identidad, lo que entonces le dijo el Pran: “Doctora, yo
no amenazo, yo actúo”.

No
tenía por qué dudar de su palabra. Cuando el 23 de marzo de 2007 la prensa local
difundió el asesinato de cuatro hombres que tenían pocas horas dentro del penal,
Wilmito la llamó para confirmar los corridos que se escuchaban en la calle: “Por
ahí están diciendo que yo maté a esos muchachos. Quiero que sepa que yo sí los
maté a ellos en represalia por la muerte de un primo, a quien ellos asesinaron”.
Lo había advertido al juez antes de que sus víctimas llegaran a la cárcel. “De
aquí no salen vivos”. Y cumplió. La prensa aseguró que una de las víctimas fue
torturada y mutilada. Los hombres de Wilmito colocaron los ojos y la cabeza
dentro de unos envases de vidrio.

Wilmito
no amenaza. Wilmito actúa.

***

Los
presos comenzaron a matarse por el control del penal de Vista Hermosa después de
la baja de Wilmito. En febrero de 2010 asumió el control Ausberto Medrano,
alias Niño Criminal, que era parte de su clan. Durante su liderazgo
murieron Frank Viamonte, después de un roce entre reos, y Ronny Rodríguez y
Wilber Hernández, media hora después de haber ingresado a la
cárcel. Niño Criminal se fugó el 19 de octubre de 2010 y fue
abatido por la policía en un enfrentamiento un mes más tarde. Tomó entonces el
control Pata’e loro, con quien siguió la ristra de muertes. Once
días después de su coronación, el 30 de octubre, balearon a Miguel José Bolívar
Solís, Roger Ernesto Requena García, José Wilfredo Bejarano Vargas y otros dos
reclusos no identificados, en medio de un motín por el control de Vista Hermosa.
Y meses más tarde el gobierno de Marlon Alirio Guevara –quien a su vez había
sustituido a Pata’e loro, trasladado a otro penal- culminó de forma
trágica, acribillado con más de 20 impactos de bala.

***

Mariela
Casado sentía que un hombre la seguía cada vez que regresaba a su casa desde la
Universidad Bolivariana de Venezuela, una institución creada por el comandante
Chávez para ampliar la oferta educativa. Era el mes de abril de 2010 y la jueza
rectora cumplía con algo de desgano con uno de los últimos compromisos en Ciudad
Bolívar.

“Podría equivocarme como te has equivocado tú, Mariela, sin embargo soy justo y debes irte”

Tenía
razones para sentir que todos la miraban. Aunque, paradójicamente, no temía un
atentado en su contra, tomó algunas previsiones. No utilizaba siempre el mismo
vehículo, por ejemplo. No solo eran los señalamientos directos de Wilmito.
Recordó entonces que entre abril y diciembre de 2009 había recibido mensajes de
texto en su teléfono celular casi elegíacos, que prefiguraban su actual
situación. El 14 de abril le escribieron esto: “Días vendrán en que de verdad la
justicia prevalezca, por los momentos aún le queda tiempo para recapacitar,
cuídese”. Y un día después le llegó lo siguiente: “Mis pasos se bañarán con la
sangre del impío. Hay un Dios que reivindica al justo y está haciendo justicia
en la tierra”. Tres días después leyó amenazas más explícitas: “Escribo y borro,
busco y no encuentro elementos para salvarla. He usado ya todo cuanto me ayudó a
impedir su partida”. Y a continuación: “Podría equivocarme como te has
equivocado tú, Mariela, sin embargo soy justo y debes
irte”.

Su
cuerpo comenzó a somatizar todas sus angustias hacia principios de junio, con
atroces puntadas en el vientre. Sin tiempo que perder su hermana Maria Gabriela
le fijó para el 18 de junio una cita con un médico en Valencia. Mariela Casado
dudó por un momento. Para ausentarse de la ciudad debía obtener el permiso de
sus superiores en Caracas. También alguien debía encargarse de buscar y traer a
sus hijos al colegio. Su hermana le dice entonces:

-Anda.
Yo busco a los muchachos en el colegio.

***

El
14 de junio de 2010, Manuel Gutiérrez, entrenador deportivo de Edelca, la
compañía eléctrica del Estado de Bolívar, se dirige hacia la casa de su hijo
menor Christian conduciendo una camioneta blanca, marca Jeep, modelo Gran
Cherokee. Son las ocho y media de la noche. Manuel vive en Puerto Ordaz, la
segunda ciudad más importante del estado Bolívar, y el polo de desarrollo de la
industria del hierro y el aluminio venezolanos. En el baúl lleva 150 pelotas de
tenis, tres raquetas, otros implementos deportivos y una
guitarra.

Christian
sale apenas escucha la bocina de la camioneta junto a su hermana Yenibel y se
entretienen conversando en la acera. Un grito de Yenibel interrumpe la
conversación. Dos hombres armados, que habían bajado de un Fiat Siena, apuntan
al grupo, los separan y le piden a Manuel las llaves de la
camioneta.

El patrón está determinado a matar a la jueza Mariela Casado

Marlon
Medina, moreno, peliteñido, es uno de los atracadores y quien ahora conduce el
vehículo que va de vuelta hacia Ciudad Bolívar. Se siente contento porque pronto
tendrá en su bolsillo 5.000 bolívares que le había ofrecido alias El
Pucho, el jefe de la operación, por buscar la camioneta que necesita el
patrón. Al patrón también le dicen el goldo Wilmer –así, con
una ele intercalada- o Wilmito. El patrón está determinado a matar a la jueza
Mariela Casado en cuatro días más y para la misión ha encargado un
carro.

***

A
las once y media de la mañana del jueves 18 de junio El Pucho, cuyo
nombre real es Luis Ramón Acosta, es citado por alias El
Ciego en el estacionamiento del Bingo Calypso. El
Ciego es el gran coordinador de la operación que está a punto de
empezar, y se mantiene en contacto con Wilmito por vía telefónica, de acuerdo
con la voluminosa acusación que los fiscales escribieron para imputarles el
crimen que pronto cometerían.

Al
llegar, El Pucho saluda a otras dos personas a quienes solo
conoce por sus apodos: La Niña y El
Menor.

-Vamos
a matar a una señora –dice El Ciego.

El
Ciego le
pide a El Pucho que maneje la camioneta Cherokee y que lleve
como acompañantes a estas dos personas. Él, mientras tanto, sube a otro vehículo
que hará de lazarillo para conducirlos hasta el sitio donde La Niña,
cuyo verdadero nombre es Edgar Silva Rondón, bajará del vehículo y cumplirá con
el encargo.

A
las doce y media del mediodía la profesora María Gabriela Casado enciende su
Toyota Yaris color negro, ese que a veces utiliza su hermana para trasladarse
hasta la Universidad Bolivariana de Venezuela, y maneja hasta el colegio Nuestra
Señora de las Nieves, situado en el cruce de las avenidas Jesús Soto y Táchira.
Es un sitio estratégico porque está ubicado frente al aeropuerto y es una de las
vías expresas que conduce hasta la salida de Ciudad Bolívar. El tráfico del
mediodía es denso porque a esa hora todos están buscando a sus hijos. A las
12:45 sale con sus sobrinos y se detiene en un restaurante de comida rápida para
comprar el almuerzo. No tardaría mucho allí. Poco después de la una llegan a la
casa. Los chicos bajan del carro y corren a tocar el timbre para que el abuelo,
Héctor Casado, les abra la puerta. Cuando uno pasa mucho tiempo expuesto al
calor húmedo de Ciudad Bolívar solo le provoca correr y colocarse delante de un
ducto de aire acondicionado.

En
el carro queda olvidada la cajita roja, llena de papitas fritas, con una letra m
pintada en color amarillo sobre una de las caras. Antes de entrar a la casa,
María Gabriela Casado atiende a un vecino, llamado Pedro Pérez, que le viene a
dar buenas noticias. Es cuestión de días para que arreglen un bote de aguas
servidas que está afectando tanto a su casa como a la residencia de la familia
Casado. Casi al mismo tiempo que se produce esta conversación, El
Ciego llamó a La Niña.

-Esta
es la mujer.

***

Wilmito
no amenaza, Wilmito cumple.

Dos
días después de mi segunda visita al penal de Vista Hermosa, el jueves 9 de
enero de 2014, Wilmito asiste a la penúltima audiencia del largo juicio seguido
por el asesinato de la profesora María Gabriela Casado. Recuerdo que hablaba por
teléfono para coordinar el traslado hasta Valencia en un autobús, donde fue
radicado el juicio. Unos llevarían carne asada. Otros, la bebida. La condena
definitiva llega tres semanas después: 14 años y diez meses como cómplice no
necesario en robo agravado del vehículo automotor, sicariato y asociación para
delinquir. A El Pucho le correspondieron 16 años y diez
días.

Cuando escucha preguntas alejadas del guión del personaje que está construyendo, el Pran se estira y se toma su tiempo

Antes
de salir para aquella vista le pregunté a Wilmito por la doctora Casado. Estamos
en su habitación con el aire acondicionado encendido en su máxima velocidad.
Cuando escucha preguntas alejadas del guión del personaje que está construyendo,
el Pran se estira y se toma su tiempo. Es una pausa necesaria
para elaborar respuestas ajustadas a la imagen de líder que desea proyectar. En
esta ocasión, sin embargo, parece ligeramente molesto. Sin alzar la voz, como si
de pronto sintiera la necesidad de demostrar sin poses quién es, me responde con
la primera idea que le viene a la cabeza.

«Muchas veces me llamaban cuando la tenían enfrente para preguntarme qué hacían con ella»

-Si
yo hubiera querido asesinar a Mariela Casado lo habría hecho. Yo no me equivoco.
Yo sabía dónde lavaba su ropa, cuándo viajaba a Caracas. Muchas veces me
llamaban cuando la tenían enfrente para preguntarme qué hacían con ella. Y nunca
actué en su contra. Yo decidí admitir mi responsabilidad por la relevancia del
caso y porque tenía la pelea perdida contra la jueza más poderosa del estado
Bolívar.

Después
del asesinato de su hermana, Mariela Casado salió de Venezuela con rumbo
desconocido y con el imperioso objetivo de olvidarse de que alguna vez ejerció
como abogada y jueza. Sus familiares tienen prohibido revelar dónde se encuentra
por miedo, ahora sí, a que se concrete un atentado.

Tomado de El gobierno de Wilmito

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