Ya hemos vencido: tres años después, la evidencia habla

Este texto fue leído hoy como parte de nuestra acusación particular, durante la audiencia preparatoria del caso Magnicidio FV.

Aunque parece una mala broma, hoy justamente, 9 de agosto de 2026 nos encontramos en esta audiencia preparatoria en el caso Magnicidio FV. A esta hora, el 9 de agosto de 2023, Fernando había tomado su café y había publicado una encuesta que lo ubicaba en segundo lugar en la contienda electoral. Se preparaba para comer, en familia, su último ceviche de camarón.

Fernando era un hombre amado. Era libre, valiente y victorioso. Y lo sabía. El trabajo estaba hecho. Pero todavía quedaba una batalla.

A las 18:45 de ese fatídico miércoles supe que lo habían asesinado, no podía entender que la vida había cambiado para siempre pero ahí nació una pregunta que hemos perseguido por tres años. ¿Quién ordenó el asesinato de Fernando Villavicencio?

Se necesitó mucho más que el odio de un solo ser, se necesitó una estructura narco-político-criminal-judicial-mediática-transnacional para silenciar su valentía.

Se necesitó una arquitectura criminal. Una estructura que planificó, ejecutó y que, después del asesinato, puso en marcha una tercera operación: encubrirlo.

Hoy entendemos mejor los millones que le han invertido a la impunidad. Porque de eso viven. De ser amigos de los políticos. De moverse entre el poder y el dinero. De bañarse en piscinas pestilentes de inmoralidad.

Y hay algo que, paradójicamente, me alegra. Ellos siempre supieron quién era Fernando.

Sabían que era terco. Que era valiente. Que no se cansaba de los temas, que él es así. Sabían que no podían comprarlo. Porque quienes creen que todo tiene un precio no pueden comprender algo tan sencillo como la dignidad. No encontraron cuánto costaba su silencio porque Fernando no estaba en venta.

Entonces intentaron silenciar su voz. Dijeron: “muerto el perro se acaba la rabia”. No entendieron que ese sería su más grande error.

Porque después de asesinarlo se levantaron estas dos hijas. Y con nosotras despertó también una patria que no puede ser comprada con sus millones mal habidos.

Durante tres años hemos tenido que investigar el asesinato de nuestro padre. Hemos leído miles de páginas, revisado testimonios, pericias, versiones, chats, documentos y elementos de convicción. Hemos seguido el rastro de los pagos y favores, de las comunicaciones, de las relaciones y de quienes intentaron construir una historia distinta a la que muestran las evidencias.

Hoy esta familia conoce y entiende la verdad. Y yo quiero creer, señor juez, que usted también empieza a entenderla.

Sabemos que sería demasiado pedir que quienes han destrozado nuestro país asuman voluntariamente su responsabilidad. Pero todavía están a tiempo. Nunca es tarde para elegir el camino de la verdad.

Porque el Ecuador necesita romper las cadenas de impunidad que estas estructuras han construido durante años.

Han intentado destruir a las víctimas. Han atacado nuestra reputación, nuestra credibilidad y nuestra familia. Han intentado convertirnos en el problema para evitar que se mire el verdadero problema. Hemos recibido amenazas de muerte por hablar del Informe final de la UNIF.

Y mientras intentaban desacreditarnos, expusieron incluso nuestro hogar frente a las mafias. Quien lo hizo fue también artífice de un infierno en vida para nuestro padre e intentó trasladar ese infierno a nosotras. Incluso pretende seguir ensuciando este proceso pidiendo que asistan testigos que han sido claramente cooptados cuando ya tenemos testimonios que han revelado la naturaleza de los roles y la estructura.
La señora Verónica Sarauz de Proaño sabrá encontrar las consecuencias de sus indignas acciones en los procesos penales que se deriven de esta causa.

También han aparecido versiones y operaciones de desinformación que deben ser investigadas. Por eso exhortamos a la Fiscalía a profundizar en cada una de las estructuras que han intervenido en el encubrimiento, en la intimidación y en los intentos por alterar la percepción pública de este proceso.

Porque después de tres años de investigación, después de más de catorce días de audiencias, después de cientos de elementos de convicción examinados y contrastados, hay algo que ya no puede esconderse detrás del ruido.

La evidencia habla. Y cuando la evidencia habla, la mentira se queda sin refugio.

El mejor homenaje que podemos hacerle a Fernando es vivir como él nos enseñó. Es entregar cada día más de lo que creemos que podemos dar. Es seguir investigando cuando investigar incomoda. Es decir la verdad incluso cuando el costo es la vida. Es no pactar con las mafias.

Por eso quiero agradecer a todos los investigadores que han acompañado este camino. A quienes, desde distintas instituciones, han tenido el valor de seguir las pruebas hasta donde conducen.

Gracias a nuestra familia chiquita, la que ha sostenido estos años de dolor, de amenazas, de cansancio y de incertidumbre.

Hoy podemos decir algo que durante mucho tiempo parecía imposible: Ya hemos vencido.

Porque nos quisieron convertir en víctimas silenciosas y nos convertimos en investigadoras. Nos quisieron arrebatar la voz de nuestro padre y multiplicaron su mensaje. Nos quisieron sembrar miedo y solo nos hicieron más valientes.

Ahora solo queda que el país conozca la verdad y que quienes hayan tenido responsabilidad enfrenten las consecuencias que correspondan dentro de la ley.

Y que, de una vez por todas, empecemos a limpiar la política. A recuperar las instituciones.

A devolverle al Ecuador la posibilidad de vivir sin que una mafia decida quién puede hablar, quién puede investigar y quién puede gobernar.

Sí podemos volver a soñar con el “Ecuador de valientes” que Fernando soñó.

Porque matar al mensajero nunca mata el mensaje.

Seguiremos investigando. Seguiremos preguntando. Seguiremos escribiendo.

Porque por cada mentira de las mafias, nosotras tenemos una verdad. Por cada difamación, tenemos amor por la patria.

Y frente a quienes quisieron silenciarnos, seguiremos haciendo lo único que Fernando nos enseñó a hacer cuando el miedo aparecía: avanzar.

“Escribir es la Victoria”.