En el Mar Caribe Estados Unidos libra un combate contra el narcoterrorismo y el Cartel de los Soles es una expresión de él. En ese contexto, tuvo lugar un incidente en el que dos aviones F-16 venezolanos sobrevolaron al buque estadounidense USS Jason Dunham. ¿La razón de este hecho? Mera provocación, del régimen de Nicolás Maduro, según todo deja ver.
Sin embargo, EE. UU. no mordió el anzuelo y evitó la confrontación armada, pues las aeronaves no representaban una amenaza directa y las fuerzas militares estadounidenses no se percibieron una intención hostil o peligro de un ataque inminente, de modo que actuar letalmente contra ellas. Para el Departamento de Defensa estos actos no son más que meras interferencias que no requieren un ataque directo.
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EE. UU. no cae en tentaciones
Haber cedido a la tentación de derribar los F16 venezolanos habría implicado —aun cuando los hechos ocurrieron en aguas internacionales del Mar Caribe— un revuelo político en el que se habría acusado al gobierno de EE. UU. de incurrir en un acto de agresión en violación a las normas que rigen estos asuntos.
Por el contrario, la respuesta de Estados Unidos es táctica no limitada únicamente al hecho militar, sino de una muestra clara de la estrategia de largo plazo de contra las organizaciones criminales transnacionales que amenazan su seguridad nacional. En el centro de este tablero se encuentra Nicolás Maduro y el Cartel de los Soles, un entramado de militares, políticos y operadores económicos convertido en una de las principales plataformas de narcoterrorismo en el hemisferio.
EE. UU. optó, entonces, por mantener su foco en su objetivo de ataque al narcoterrorismo —no está en guerra, sino en una misión antinarcóticos— y se limitó a tomar nota del asunto y, seguramente, el evento servirá para documentar futuros expedientes que sean utilizados, bien en el escenario jurídico o en el diplomático.
El Cartel de los Soles como amenaza transnacional
La respuesta estadounidense encaja en una estrategia más amplia contra el Cartel de los Soles
El Departamento de Justicia de Estados Unidos ha acusado formalmente a Maduro y a su círculo más cercano de liderar el Cartel de los Soles, responsable de utilizar la estructura militar venezolana para garantizar la salida de toneladas de cocaína hacia Norteamérica y Europa.
Pero, a diferencia de un cartel tradicional, esta red encabezada por Maduro tiene la cobertura de un Estado: usa a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, sus aeropuertos, puertos y recursos de inteligencia para proteger cargamentos ilícitos, lo que multiplica su capacidad de acción y su peligrosidad. No se trata, por tanto, de un combate a un grupo narcotraficante cualquiera, sino de una organización que se vale del Estado venezolano como mampara.
Tales circunstancias convierten a Venezuela bajo la égida de Nicolás Maduro —a los ojos del gobierno estadounidense— en un Estado patrocinador del narcoterrorismo. Es decir, un actor que no solo amenaza a su propia población, sino que exporta inestabilidad y violencia a escala regional. Para EE. UU., el régimen de Maduro al frente del estado venezolano con el Cartel de los Soles como agente, es simplemente una amenaza para su seguridad nacional y la de la región.
La lógica detrás del no-derribo
Al evitar Estados Unidos derribar los F-16 venezolanos, optó por no concederle a Maduro argumentos para una explosión propagandística de su régimen. La administración Trump no cayó en la trampa que le habría dado elementos al dictador venezolano para cambiar la narrativa y dejar de ser visto como el narcoterrorista que es para pasar de ser el líder de una nación “agredida” por el “imperialismo”, como un vil ataque a la soberanía venezolana.
EE. UU. no dio elementos que, incluso, habrían puesto en un aprieto a la oposición democrática venezolana, la cual habría caído en el dilema de condenar el ataque y no ser vista como un agente del imperialismo yanqui.
Con esta actitud, el gobierno estadounidense no le otorgó a Maduro su deseo de presentarse ante la ONU y demás foros internacionales como una víctima con el consiguiente pronunciamiento de los mismos en favor de la retirada del Caribe y el fin de la lucha contra narcoterrorismo.
Maduro apuntaba a hacerse de la narrativa de víctima, pero EE. UU. no le siguió el juego, sino que asumió el sobrevuelo como un evento que no representaba una amenaza directa, sino un intento de distracción. Al responder solo con advertencias radiales y protestas diplomáticas, Washington dejó claro que no le permitirá a Nicolás Maduro manipular el escenario para ocultar su condición de acusado por delitos internacionales.
Estrategia integral de Washington
La respuesta estadounidense encaja en una estrategia más amplia contra el Cartel de los Soles y otras organizaciones terroristas transnacionales en la que tienen lugar operaciones antinarcóticos. EE. UU. no pierde su centro en el que sus buques desplegados en el Caribe cumplen la misión de interceptar cargamentos de cocaína. Sabe muy bien que cada tonelada incautada es un golpe directo a las finanzas del cartel.
Además, de las acciones judiciales evidenciada en órdenes de captura y recompensas millonarias del Departamento de Justicia y la DEA contra Maduro, Diosdado Cabello y otros altos jerarcas del régimen. Es decir, no se trata de actores políticos, de adversarios ideológicos, sino como criminales internacionales a quienes es preciso capturar y procesar judicialmente.
Igualmente, Estados Unidos ejerce presión diplomática y, para ello, constituyó una red de sanciones y alianzas regionales para aislar financieramente al régimen y reducir su margen de maniobra. La narrativa ya no es ideológica, es criminal: Maduro como narcotraficante, no como líder legítimo.
Y aunque la capacidad militar estadounidense es abrumadoramente superior, la administración Trump opta por la disuasión militar limitada. No responde con fuego a las provocaciones que no constituyan una amenaza real. Su objetivo no es entablar una guerra con Venezuela, sino mantener el foco en la lucha contra el narcoterrorismo y capturar a los responsables del narcoterrorismo que usan la droga como munición de la guerra infinita que pretenden mantener.
Al no ceder a provocaciones, Estados Unidos preserva la legalidad de sus operaciones en aguas internacionales y se presenta como un actor racional, frente a un régimen que actúa con lógica de cartel criminal.
Pero a lo interno, Donald Trump también se libra de los señalamientos de imprudencia y extralimitación que recibiría de la prensa roja y los ejércitos digitales; evita dividir a la opinión pública estadounidense; y no le da pie al Partido Demócrata de arremeter con él —incluso en el Congreso— y así evadir los señalamientos que amenazan a su cúpula de quedar en evidencia ante el pueblo norteamericano por sus manejos.
El riesgo calculado de Maduro
Por su parte, Nicolás Maduro, asesorado por La Habana, buscaba con el incidente forzar a Estados Unidos a cometer un error estratégico: un derribo que le permitiera victimizarse y desviar la atención de su orden de captura. Pero el cálculo le salió mal. Washington no le siguió el juego.
En cambio, la Casa Blanca y el Pentágono mantienen la presión en el terreno que realmente importa: la captura de Maduro y el desmantelamiento del Cartel de los Soles. Aun cuando el régimen intente usar a sus pilotos como carne de cañón en maniobras de riesgo, el poder judicial y las agencias de seguridad estadounidenses le siguen cerrando el cerco en lo político, financiero y criminal al cabecilla de la organización criminal, a Nicolás Maduro.
Una guerra sostenida contra el narcoterrorismo
Tenemos, entonces, que la estrategia de Estados Unidos contra Maduro no apunta a batallas aéreas o navales, sino en una guerra sostenida contra el narcoterrorismo.
Del mismo modo como en el pasado se persiguió a organizaciones terroristas como las FARC en Colombia o a carteles mexicanos, hoy el blanco es un actor más complejo: un cartel con control estatal, el Cartel de los Soles.
Con estas actuaciones, Donald Trump le está dejando claro al mundo —y en particular al régimen enquistado en Miraflores— su objetivo no es un conflicto militar innecesario en el Caribe, sino llevar a Nicolás Maduro ante la justicia y desarticular una red criminal que amenaza la seguridad de millones de personas. Las sanciones, las recompensas, los juicios y las operaciones antinarcóticos son las verdaderas armas de esta guerra silenciosa, pero implacable.
El sobrevuelo de los F-16 venezolanos al buque estadounidense no fue más que una distracción. La verdadera batalla es contra el Cartel de los Soles, por lo que Estados Unidos dejó sentado que no descansará hasta neutralizarlo. Los intentos de Maduro por victimizarse simplemente serán ignorados y tendrá que seguir enfrentando el hecho de que internacionalmente ya no es visto como un jefe de Estado, sino que lo reconoce como lo que es, el capo de un cartel narcoterrorista transnacional.
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