“Don” Emilio Botín tuvo el tupé de venir personalmente a Caracas a hacer entrega del Banco de Venezuela a la robolución, y de paso a consumar el delito de la venta de la cosa ajena, tipificado en el Código Penal venezolano como el delito de estafa. Efectivamente, al “Don” Emilio entregar a la robolución toda la información confidencial de su clientela, incluyendo el movimiento y detalle de todas las cuentas bancarias de ésta, así como el de las cuentas en el Banco de Venezuela Curacao, Miami y Madrid que sirvieron de garantía a operaciones crediticias en Venezuela.
Vendiendo una información que no le pertenecía, sino que sólo custodiaba en su condición de fiduciario, consumó un delito similar al que se le imputa a Bernie Madoff y a “Sir” Allen Stanford.
Botín ha demostrado que al usar el título de “Don”, al igual que Allen Stanford el título de “Sir”, el hábito no hace al monje. La seriedad y la honorabilidad no derivan de un título precediendo a un nombre, sino de acciones intachables y consistentes en el tiempo.
Tomado de “Don” Emilio vino personalmente a llevarse el “botín” (y a consumar el delito)