Mientras Venezuela intenta proyectar una imagen de transición tras la captura de Nicolás Maduro, el poder real no se mide por quién ocupa el Palacio de Miraflores, sino por quién controla el miedo, las armas y las calles. En ese terreno, un nombre emerge con fuerza inquietante: Diosdado Cabello.
Descrito por The Wall Street Journal como “el mayor obstáculo” para los planes del presidente Donald Trump de convertir a Venezuela en un Estado petrolero estable y alineado con Estados Unidos, Cabello representa algo más que una figura política: es el operador del terror, el guardián del aparato represivo y una pieza central en el expediente criminal federal abierto en Nueva York.
Del círculo de Chávez al poder autónomo
Cabello surge del mismo núcleo militar que acompañó a Hugo Chávez en la toma del poder. Sin embargo, a diferencia de otros cuadros del chavismo, nunca fue un ideólogo. Fue un ejecutor. Su rol siempre estuvo vinculado al control, la disciplina interna y la administración de crisis.
El episodio de abril de 2002, cuando fue colocado brevemente como figura de continuidad durante el colapso institucional, marcó su perfil: Cabello no necesitaba carisma; necesitaba control. Desde entonces, construyó un poder propio, paralelo al de Chávez primero y al de Maduro después.
Maduro cae, pero el aparato permanece
Con la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y la juramentación de Delcy Rodríguez como presidenta encargada, Washington apostó por una transición administrada.
Pero esa transición tropieza con una realidad incómoda: Delcy gobierna el cargo; Cabello controla el músculo.
Desde el Ministerio del Interior y a través de su influencia directa sobre sectores policiales, militares y colectivos armados, Cabello conserva capacidad de coerción real. En los días posteriores a la caída de Maduro, grupos motorizados recorrieron Caracas en demostraciones de fuerza. No fue espontáneo. Fue un mensaje.
El Cartel de los Soles y el expediente del Distrito Sur de Nueva York
Para Estados Unidos, Cabello no un actor político problemático sino un acusado federal de delitos de narcoterrorismo.
En marzo de 2020, la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York (SDNY) lo incluyó formalmente en una acusación por conspiración criminal vinculada al narcotráfico y delitos transnacionales, dentro del marco que Washington ha denominado el Cartel de los Soles. Según la acusación, altos jerarcas del régimen venezolano habrían utilizado estructuras estatales para facilitar rutas de drogas, protección armada y lavado de dinero.
En enero de 2026, con Maduro ya detenido, el caso avanzó con una acusación sustitutiva, donde Cabello vuelve a figurar como parte del entramado criminal. El documento describe hechos alegados que se extienden hasta 2024–2025, incluyendo referencias a ganancias ilícitas y coordinación con actores del narcotráfico internacional.
Legalmente, Cabello se mantiene como prófugo de la justicia estadounidense. Políticamente, actúa como si fuera intocable dentro de Venezuela.
El juicio que perdió en Nueva York: Wall Street Journal
Cabello ya había intentado enfrentar a la justicia estadounidense, pero por otra vía. En 2016 demandó por difamación a The Wall Street Journal en Nueva York, buscando desmentir un reportaje que lo vinculaba con investigaciones de narcotráfico.
El resultado fue devastador para su estrategia: perdió el caso. En 2017, una jueza federal desestimó la demanda, concluyendo que Cabello no logró demostrar falsedad ni cumplir con el estándar exigido por la ley estadounidense para figuras públicas.
Fue una derrota silenciosa y reveladora ya que se realizó en la misma jurisdicción donde hoy enfrenta cargos criminales, ya había fracasado en limpiar su nombre.
Propaganda, amenazas y gobierno del miedo
Dentro de Venezuela, Cabello perfeccionó otro instrumento: la propaganda como arma.
Su programa “Con el Mazo Dando” funcionó durante años como tribunal mediático. Nombres, rostros, acusaciones públicas, amenazas veladas. De allí se alimentaron operaciones como el temido “Tun Tun”, utilizado para intimidar, perseguir y silenciar.
Desde la televisión, el acusado de delitos de narcoterrorismo ejercía sin límites la señalización del terror, enviando mensajes de odio, acusaciones, persecución y campaña de ataque sistemático para romper la reputación de los periodistas que lo investigaban, opositores y venezolanos de la sociedad civil.
Chávez vs. Cabello: una diferencia estructura
Aunque compartieron origen, Chávez y Cabello no eran iguales. Chávez necesitaba masas; Cabello necesita lealtades armadas. Chávez construía relato; Cabello impone disciplina. Esa diferencia explica por qué, tras la muerte de Chávez, Cabello no desapareció: se volvió indispensable. Y hoy, sin Maduro, su poder relativo es aún mayor.
El dilema de Washington
Para la administración Trump, el problema es claro, ya que entiende que no hay estabilización posible mientras Cabello conserve control operativo. Puede sabotear elecciones, fracturar cualquier transición o escalar la violencia interna.
Por eso su nombre aparece una y otra vez en análisis estratégicos estadounidenses como el “comodín peligroso” de la Venezuela post-Maduro.
Diosdado Cabello no necesita la presidencia y nunca la necesitó, ya que su poder no está en el cargo, que ocupa o en su posición el PSUV, su poderío se basa en el miedo, en las armas, en las redes criminales y en su capacidad de hacer inviable cualquier salida ordenada.
Mientras Maduro enfrenta a la justicia en Nueva York, el verdadero interrogante no es quién gobierna Venezuela, sino quién puede impedir que vuelva a gobernarse sin violencia.
Tomado de Diosdado Cabello: el poder detrás del miedo en la Venezuela post-Maduro