El apagón petrolero ya comenzó: Venezuela se encamina a producir solo lo que extrae Chevron

La industria petrolera venezolana entra en una fase crítica y acelerada de colapso operativo. En cuestión de 30 días, la producción nacional caerá hasta 200.000 barriles diarios, un volumen equivalente —y prácticamente limitado— a lo que hoy producen las operaciones de Chevron en el país. El resto del aparato productivo de Petróleos de Venezuela SA (PDVSA) se apaga, pozo a pozo, mientras el régimen intenta silenciar la magnitud del retroceso y presentarlo como “ajustes técnicos”.

La realidad, sin embargo, es mucho más severa. El cierre total de pozos (shut-in) ya está en marcha, especialmente en la Faja Petrolífera del Orinoco, una de las regiones con mayores reservas de crudo del planeta. Dentro de PDVSA el tema se comenta en voz baja: no hay capacidad de almacenamiento y no hay diluyente para procesar el crudo pesado y extrapesado. Sin esas dos condiciones básicas, la producción se vuelve inviable.

Crudo atrapado bajo tierra

El petróleo de la Faja tiene una gravedad cercana a 8° API y requiere diluyentes para alcanzar los 16° API del Merey 16, el estándar exportable. Hoy ese diluyente no existe. Sin él, el crudo no fluye, no se transporta y no se vende. Ante este cuello de botella, PDVSA activó protocolos de emergencia en todas sus áreas: estrangulamiento de pozos, reducción del levantamiento artificial y cierre progresivo de campos completos. En zonas críticas, con tanques saturados, la producción simplemente se detuvo.

Actualmente, la producción venezolana ronda los 500.000 barriles diarios, pero esa cifra es transitoria. En máximo dos semanas, según fuentes operativas, el único productor activo será Chevron, con sus cuatro campos operando a una media de 220.000 barriles por día. Y aun así, el cuadro es engañoso.

La paradoja Chevron: petróleo sin dinero

El dato clave —y menos visible— es que el 60% de ese crudo (≈132.000 bpd) pertenece a PDVSA y se entrega en petróleo, no en efectivo. Es decir, PDVSA recibe crudo… que tampoco puede vender debido al bloqueo petrolero. La ecuación es perversa: Venezuela produce; PDVSA recibe petróleo; no recibe dinero; y no puede colocar ese crudo en el mercado. La licencia de Chevron, lejos de ser un salvavidas, aparece como una herramienta quirúrgica: mantener un mínimo flujo controlado, evitar un colapso energético abrupto y, al mismo tiempo, asfixiar financieramente al régimen.

De acuerdo con Bloomberg, PDVSA comenzó a cerrar pozos en la Faja del Orinoco el 28 de diciembre, tras quedarse sin espacio de almacenamiento. El plan interno contempla reducir al menos un 25% la producción de la Faja, hasta unos 500.000 bpd, lo que supone un recorte cercano al 15% de la producción total del país, estimada en 1,1 millones de bpd antes de la escalada. El cierre arrancó en Junín, la división de crudo más extrapesado, y se extenderá a Ayacucho y Carabobo. Fuentes internas lo califican como “el último recurso”, por los altos costos y riesgos de reactivar pozos cerrados.

Un golpe directo al corazón del régimen

Para Nicolás Maduro, este escenario es un baño de realidad. El bloqueo petrolero no se limita a sanciones financieras, sino que es una interrupción física del sistema productivo. Cerrar pozos en la Faja del Orinoco no es una maniobra táctica; es una señal de agotamiento estructural. Cada día con pozos apagados multiplica el costo de volver a producir y erosiona la capacidad de recuperación futura.

El mensaje estratégico es inequívoco y secuencial: bloqueo de exportaciones → saturación de inventarios → falta de diluyentes → cierre técnico de pozos → reducción al mínimo controlado.

El petróleo, la última palanca económica del chavismo, está siendo neutralizado sin disparar un solo tiro. Y cuando en 30 días Venezuela produzca apenas lo que extrae Chevron, quedará expuesto un hecho ineludible: el colapso no es político ni narrativo; es físico, operativo y medible en barriles por día.

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