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Por Alejandra Jaramillo Morales *

Este domingo 24 de julio de 2022 me topé con el “Discurso de Angostura” enunciado el 15 de febrero de 1819 por Simón Bolívar. La publicación de este discurso se hacía como conmemoración del natalicio del Libertador. Como en los últimos años vengo investigando, por motivos literarios, sobre Jonatás, una de las esclavas y acompañantes de Manuelita, sobre la misma Manuelita Sáenz y sobre Simón Bolívar decidí releerlo. Recuerdo haberlo leído mientras estudiaba en la Universidad de los Andes, pero como suele suceder con la lectura, el paso de los años y la transformación de los contextos mutan nuestra recepción. Esta nueva lectura me llamó la atención por la decisión histórica que tomaron los colombianos y las colombianas de elegir un gobierno diferente, de izquierda. Por ello lo leí con el gusto de encontrarme en un momento de cambio y con una visión crítica que antes no habría podido tener.

Al leer el discurso de Simón Bolívar pensé en dos imágenes, que, aunque contradictorias, me llevaron a la reflexión y a la necesidad de nombrarlas para seguir pensando en las maneras en que debemos desmitificar la historia. De una parte, pensé en la emoción del presidente electo, Gustavo Petro, de encontrar en el Palacio Nariño la espada de Bolívar. De otra parte, la instalación de un Congreso altamente renovado por el origen sociocultural de sus nuevos integrantes.

Entiendo perfectamente que para Gustavo Petro la idea de ser el nuevo custodio de la espada de Bolívar simboliza un punto de quiebre de una lucha que lleva más de 52 años. Una revolución que esperaba hacer el M-19 para instaurar una verdadera democracia en Colombia. Una democracia incluyente, moderna, que derribara los vicios elitistas y la tendencia generalizada de hacer leyes que no eran para los de ruana. Por ello, para nuestro presidente electo, es un logro fundamental que después de estas luchas sea posible gobernar este país en democracia y poder así construir los pactos sociales que por décadas se han necesitado.

Adicionalmente para él es el fin de un proceso largo y dramático, de empobrecimiento del país, de crecimiento de las guerrillas, el narcotráfico y del paramilitarismo, y ojalá el final de las muertes de civiles y, por supuesto, de la muerte de muchas de las personas que lucharon por lograr estos cambios. Por todo esto, que el próximo guardián de esa espada sea el presidente Gustavo Petro tiene un alto componente de justicia poética o, mejor dicho, política. Sin embargo, creo importante que esta emoción no recaiga en una mitificación del Bolívar libertario, olvidando que el germen del centralismo y de las élites ilustradas en el poder vienen del mismo ideario bolivariano.

La instalación del nuevo Congreso, y ahí está la contradicción, es de alguna manera un hecho antibolivariano. En primera instancia, porque el mismo Bolívar decía que quienes habían liberado América no eran europeos ni aborígenes, sino una casta criolla que adquiría el poder de gobernar a todos los demás habitantes de nuestras naciones. Casta que se perpetuó en el poder hasta el presente y que continuó con la idea errada de que había que continuar privando a los indígenas de la posesión de la tierra y negándoles sus derechos: “Nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión y de mantenernos en el país que nos vio nacer, contra la oposición de los invasores” (9).

Y en segundo lugar, porque fue Bolívar quien no solo instauró un centralismo que iba a dejar a las periferias del país en el olvido y el abandono del Estado, sino que él propuso la construcción de un Senado de hombres ilustrados y electos de manera hereditaria.

“Si el Senado en lugar de ser electivo fuese hereditario, sería en mi concepto la base, el lazo, el alma de nuestra República. Este cuerpo en las tempestades políticas pararía los rayos del gobierno y rechazaría las olas populares. Adicto al gobierno por el justo interés de su propia conservación, se opondría siempre a las invasiones que el pueblo intenta contra la jurisdicción y la autoridad de sus magistrados” (26).

Un Senado que, además, sería capaz de oponerse al pensamiento del pueblo. Porque no nos digamos mentiras, aunque Bolívar intentó abolir la esclavitud en Colombia, y pese a haber luchado de la mano de los indígenas y de las mujeres, después de la Independencia, instauró un gobierno de élite masculina y criolla.

Contrariamente, la instalación de este nuevo Congreso, el 20 de julio de 2022, como acertadamente lo dijo el nuevo presidente del Senado, Roy Barreras, no significa “una etapa de cambio, significa un cambio de etapa”. Porque este Congreso les da un lugar a los indígenas, a los campesinos y campesinas, a las mujeres y a una serie de grupos marginados por la sociedad durante esos 200 años que quizá para Bolívar había sido impensable que fueran parte del Senado.

Sumado a que estas nuevas representaciones políticas han llegado hasta allá por la votación de un pueblo, motivado por un estallido social, como Bolívar lo llamaría: unas “invasiones que el pueblo intenta contra la jurisdicción y la autoridad de sus magistrados”. Un giro político contra la narrativa de quienes son esos señores “ilustrados” que podían y debían dirigir hereditariamente nuestra nación.

No podemos entonces negar que el proyecto bolivariano que luchaba por la libertad, implementó discriminaciones que hoy el gobierno de Petro y Francia buscan disminuir. Espero que la emoción del presidente Petro de reencontrarse con la espada del Libertador permita escribir una nueva historia con el mito de Bolívar. Reconocer que muchas de las perversiones de nuestros gobiernos vienen del centralismo y el criollismo de la Constitución bolivariana que han sido parte del ADN de nuestra nación.

Espero que nuestro presidente y vicepresidenta no tengan miedo a los mitos, afronten la desmitificación y reconozcan que este gobierno puede ser tan bolivariano como antibolivariano, que custodiar la espada de Bolívar debe hacerse desde un lugar crítico y no como ratificación de un mito. Yo, por ahora, seguiré hurgando principalmente en la vida de Jonatás y Manuelita, dos mujeres contradictorias, también, pero que no dejan de sorprenderme por la vehemencia y la consistencia de su lucha, como la de una multitud de mujeres a lo largo de la historia que el relato nacional no nos ha dejado ver.

Alejandra Jaramillo Morales, escritora bogotana. Ha publicado cinco novelas: La ciudad sitiada (2006); Acaso la muerte (2010); Magnolias para una infiel (2017); Mandala (2017), un proyecto de escritura digital, una novela construida para ser leída de múltiples maneras; Las lectoras del quijote (2022), su primera incursión en la novela histórica. Tres libros de cuentos, Variaciones sobre un tema inasible (2009), Sin remitente (2012) y Las grietas (2017), libro ganador del concurso Nacional de novela y cuento de la Cámara de Comercio de Medellín y entre los quince nominados del premio Hispanoamericano de cuento Gabriel García Márquez 2018. Escribe novelas para adolescentes y las publica con el sello Loqueleo; Martina y la carta del monje Yukio (2015), El canto del manatí (2019) y Los mundos distópicos de Camilo Chang (en impresión 2022). Ha publicado numerosos artículos sobre literatura y cultura y tres libros de crítica literaria y cultural, entre ellos Nación y Melancolía: narrativas de la violencia en Colombia (2006) y Disidencias, trece ensayos para una arqueología del conocimiento en la literatura latinoamericana del siglo XX (2013). Es docente de la Universidad Nacional de Colombia donde trabaja en el Departamento de Literatura y en la Maestría en Escrituras Creativas.

Vía El Espectador

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